jueves, 17 de abril de 2008

Breve relato de las andanzas y desandanzas de un par de peruanos por La Toscana


Salimos a las 5 am.

Lo malo de tener buen clima en primavera, es que no se te ocurre que también puede haber mal clima. Sobre todo si viajas con quien, en otra vida, fue el chamán invocador de la lluvia de una tribu africana. La nube maligna nos persiguió por toda la Toscana, pero mejor regresar al principio.

Salimos a las 5 am.

Nos subimos optimistas y somnolientos al treno y allá fuimos, rumbo a Firenze. Por esas cosas de la vida, el primer negocio al que entramos era de peruanos y vendían hasta Doña Pepa. Austeros, como íbamos, nos limitamos a mirar. Teníamos cosas más importantes que comprar, como un sombrero y mucho gelato.

En dos horas nos las arreglamos para ver Santa Maria Novella (estación e iglesia), San Lorenzo, il Duomo (por fuera), piazza della Repubblica, Palazzo Vecchio y Santa Croce. O sea, todo el "Firenze-pack", menos Uffizi, por esto de que hay que pagar para entrar. Luego, siempre caminando, se nos ocurrió la genial idea de subir a San Miniato al Monte... que por algo se llama "al Monte".

Entonces empezó el diluvio.

Seguimos, más por la perseverancia del chamán y por mi ferrea fe en que siempre que se sube, vale la pena. De hecho, vale la pena. Yo diría que San Miniato es la iglesia más bonita e interesante de Florencia (riqueza espacial, ornamento, estructura, todo...), con el perdón de Brunelleschi y su cúpula.

La tarde, exaustos, muertos de frío y un poco mojados, la pasamos en una librería. Y no vale burlarse. Se estaba bien, y cómodos. Y nos permitió prepararnos física y psicológicamente para la nochecita, que empezó con una birra envuelta en periódico en piazza della Repubblica.

Tren, 1.30 am. Tratando de buscar la horizontalidad para dormir un poco.

Pisa a las 2.30 am.



Es interesante pasar la noche en un café de mala muerte, con todo y puta fea (o puto, no me quedó claro) en la puerta, tomando un expresso cada media hora para que no nos boten.

Extraño caminar por una calle inocua, muertos de frío y buscando "música caliente" en el iPod... y que, de pronto, se apareza el famoso Campanile (o torre inclinada de Pisa), blanco en contraste con la noche, como levitando sobre las calles. De hecho fue tan extraño, surreal e intenso, que nos quedamos un momento sin poder movernos ni hablar... sólo miramos. No era sólo emoción sino un poco más allá, algo parecido al miedo.

Valió la pena.

Siena fue mucho más prosaico, sobre todo porque llegamos luego de que un bus nos llevara por absolutamente toda la región. No hay ciprés de la Toscana que no hayamos visto.

No llegamos a casa muy tarde. Estábamos francamente cansados, un poco mojados aún y plenamente concientes que teníamos que recuperar fuerzas.

Continuará.

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