lunes, 13 de noviembre de 2017

El gran Teatro Nacional (André Velásquez)

Cuarta entrega de "Crítica, crítica y más crítica (Vol. 2)". Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y no representan necesariamente la posición del blog.

Ignacio esperaba el Bus en el paradero mientras miraba los inmensos ventanales del gran edificio que con su sombra bloqueaba los únicos rayos de sol que salían de ese cielo gris que lo acompaña todos los días en su trayecto al trabajo. Se sentía minúsculo al verse reflejado en ese inmenso cristal, un poco intimidado también. Quería sentarse, sus pobres piernas no soportaban más la espera y la edad no le favorecía, pero no había ninguna banca. Seguro no era el único con esa necesidad, había ciertas caras de fatiga a su alrededor, pero nadie se atrevía a subir esos largos, distantes e indiferentes escalones. Mira más allá te puedes sentar, tal vez en el suelo apoyando tu espalda en ese muro chato que separa al edificio de la cuidad, ya no importa si te ensucias un poco, igual se ve impecable todo, vacío y frio. No hizo nada y se quedó parado esperando. Por fin llegó el bus, pero claro, era hora punta y no entraba nadie más, ¡¿cómo se atreve a seguir llamando gente ese cobrador?! decía. Hoy no era su día de suerte, sentía que la ciudad lo odiaba, no había ni una miserable banca. Cómo era la ciudad, ¿no? Tanto edificio enorme, altísimos, tanto ministerio, biblioteca y estación de la cultura, edificios emblemáticos hechos supuestamente para representar a un país, sin embargo, él ahí, incómodo, sin pertenecer en lo absoluto. No estaba seguro de cual era cual, igual todos eran diferentes como compitiendo entre sí, disputándose el puesto al más “antisocial”. Bueno, al fin y al cabo, sólo estaría ahí mientras esperaba su bus, ¿Por qué tanto problema entonces? Justamente el problema era ese. Nuevamente, otra pregunta ¿Por qué el techo tan grande e inclinado? Tanto espacio y puro cemento hacían una barrera entre la cuidad y el edificio y él que sólo quería sentarse y de nuevo ninguna banca, como le dolían las rodillas. La gente caminaba con mucha prisa, acelerados y aplastados por ese desproporcionado muro de cristal y en la otra calle el gigantesco muro naranja con su recubrimiento deteriorado y la distancia del muro de piedra con sus baldosas monolíticas y fuera de escala parecen tener el mismo fin: hacer que sigas tu camino sin detenerte en lo absoluto, excluirte en vez de acogerte. Ignacio respiró profundo como armándose de valor, pero ¿para sentarse? Que ironía. Subió los eternos contra pasos mirando a los costados y se dejó caer cerrando los ojos hasta que una voz ¡señor! ¡señor! ¡No puede estar acá, Por favor! interrumpió su momento de paz y él que quería tanto sentarse, pero con razón era único ahí en el suelo. Cuando abrió los ojos, el vigilante estaba a su lado con la mano estirada en dirección al paradero. El interior seguro era mucho más acogedor, que desperdicio de espacio alrededor, pensó.

Roberto, se encuentra haciendo una visita guiada al Gran Teatro Nacional. Desde el foyer, se puede ver todo con claridad, una gran vista en esquina y el techo muy alto, toda la gente caminando de prisa en la estación de metro y la Javier Prado siempre llenísima de autos. El muro cortina parece un gran marco que encuadra como una imagen en movimiento la actividad constante de la calle. Sin embargo, hacia el otro frente sólo se ve un muro plano, altísimo y en penumbra. Un poco vacío para ser un edificio cultural ¿no? ¿A dónde voy? La sensación de desorientación se apodera de él y siente miedo, busca una señal para saber a dónde ir pero nada. También se pregunta ¿dónde está el teatro?, ¿por dónde se ingresa? No se imagina que más hay al fondo. Menos mal la guía está ahí para ayudarlo a entender lo inentendible. Ahora en la sala de conciertos, la sensación es totalmente diferente, por fin algo que te hace sentir cerca de la música. ¡Qué extraño! parecen todos espacios distintos como diseñados por dos arquitectos diferentes, por un lado, el teatro en forma de herradura y por el otro el resto del edificio. Rápidamente percibe que se trata prácticamente de dos proyectos diferentes, como si alguien hubiera diseñado el exterior y otro el interior del teatro, el problema es que al parecer los que diseñaron ambos proyectos nunca conversaron ni se pusieron de acuerdo; las diferencias y la percepción del espacio son sustanciales. Acá el espacio es más agradable, es muy silencioso y la madera que recubre toda la sala, cada butaca incluso hasta el escenario le da calidez al espacio, muchísimo más acogedor que el hall de ingreso o el aplastante techo y las infinitas escaleras por las que entró al edificio; la primera impresión no fue tan buena. Pareciese como si cada butaca tuviese la vista perfecta hacia el escenario, excepto si sigues caminando hacia los extremos de la herradura, la vista se va desviando, el pasillo se va haciendo más estrecho y no se siente nada cómodo. Pero todo se oye tan bien desde cualquier punto, la música por fin logra destacar en el espacio, deberían de incluirla también en el resto del edificio.

Ahora, Catalina se prepara para salir a escena. ¡Qué nervios! el tiempo pasa muy rápido, deberían de dar más tiempo de preparación dice. Aunque no parezca, ese momento es incluso mucho más aterrador que la puesta en escena. Los pasillos de cemento con las instalaciones colgando en el techo parecen fragmentos traídos de un laberinto, ojalá se pueda respirar más tranquilo en los camerinos, piensa. La poca cantidad de salas de ensayo, ballet y coro no abastecen a un teatro de tales dimensiones y tantos artistas, Catalina se siente sofocada pues a pesar de estar preparándose y requerir de su espacio para concentrarse siente que se lo han arrebatado. Nuevamente, el problema de diseñar un edificio por partes separadas y por arquitectos distintos, sin consenso alguno. Finalmente, llega a los camerinos, prácticamente igual de estrechos que los pasillos. ¡Los artistas merecemos algo mejor que un cuarto con lockers y un baño!, piensa; está más estresada de lo que debería y no falta nada para que salga a escena. La arquitectura ha fracasado para ella. Qué desorganización, no es agradable cenar en un gimnasio, huele extraño y se nota que no es una cafetería, no se distingue bien que espacios se puede acceder, es confuso incluso parece que es la zona de servicio.

El recital terminaba y con el también el día. Los espectadores se retiraban de prisa, nada los detenía a quedarse, parece que el teatro era como una cajita a cuerda, esas donde una muñeca baila en círculos y cuando se cierra la caja no se escucha nada. Acabada la obra, acabado el espacio. ¿Por qué no podía ser un lugar más inclusivo? Que los demás en el exterior noten que ha habido un espectáculo, tal vez eso les causa interés y más gente se quiere involucrar en eventos culturales, al fin y al cabo, muchos son gratuitos. La multitud quiere quedarse hablando, discutiendo sobre lo observado, pero donde pueden sentarse, este no era un edificio para quedarse, el foyer parecía solo de paso. Si no era el foyer ¿Qué pasó con el hall, o el espacio público del exterior? ¿Dónde está la cafetería? Igual el clima no es tan frío en Lima como para quedarse afuera un rato. 

A lo lejos se escucha decir a uno de los asistentes a la obra, ¡OYE, no te has dado cuenta, es un desperdicio de edificio, una oportunidad tirada al tacho!

(upload.wikimedia.org)

viernes, 10 de noviembre de 2017

Plaza San Miguel: El primer centro comercial del Perú y su involución (Natalia Regalado)

Tercera entrega de "Crítica, crítica y más crítica (Vol. 2)". Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y no representan necesariamente la posición del blog.

La mayoría de personas podría imaginarse que el primer centro comercial fue Camino Real, por su ubicación céntrica y por establecerse en uno de los distritos más pudientes de Lima. Sin embargo, a mediados de los años setenta Plaza San Miguel emergió como hito en uno de los distritos de clase media menos poblados de la ciudad. La razón por la que decidí criticar este edificio es porque no solo he sido usuario de este a lo largo de mi vida, sino porque su popularidad creció mientras yo lo hacía y he podido notar cada cambio significante que tuvo.

Durante los años noventa, Plaza San Miguel era frecuentado en su mayoría por los vecinos del distrito. Había ciertas tiendas reconocidas y otras independientes. El edificio se ubicaba en el centro y era rodeado por puestos de estacionamiento. Las vías interiores no eran techadas y éstas conectaban a todas las tiendas, incluyendo a las tiendas ancla y se encontraban en un punto central donde había una zona de juegos mecánicos y plazas escalonadas donde ocurría toda clase de eventos en días festivos importantes. San Miguel, en ese entonces, carecía de espacios de encuentro de tal popularidad. A pesar de tener una gran área de estacionamiento de por medio, el ingreso desde las avenidas y calle era casi sutil pues la entrada era suficientemente ancha y no había cerramientos de por medio. El diseño del centro no hacía sentir al público forzado a comprar. Las plazas, escaleras y bancas que formaban parte de la zona de encuentro ofrecían suficiente espacio para que la gente se reuniera sin ningún fin comercial. A pesar de ubicarse en una extensa área, todo el edificio era de un nivel y uno era libre de poder recorrer y atravesarlo pues tenía múltiples salidas hacia las cuatro fachadas. El área de estacionamiento representaba un gran retiro de modo que los muros ciegos del centro no eran visualmente agresivos.

A finales de los años noventa, con el desarrollo urbano del distrito y la aparición de nuevas cadenas de tiendas extranjeras, se empezó a edificar en las áreas de estacionamiento. La tienda por departamentos existentes y supermercado, Saga Falabella y E. Wong respectivamente, añadieron más niveles. Pero el mayor impacto que causó este cambio fue la llegada de Ripley. La ubicación de este bloque de cuatro niveles se destacaba del resto del centro comercial por su gran tamaño y bloqueaba parcialmente la entrada hacia el centro desde la avenida La Marina. La cercanía de este gran edificio hacia la avenida y su exterior contrastaban fehacientemente con el resto del centro. En los años posteriores, la aparición de nuevas tiendas en el resto de los terrenos que pertenecían al centro comercial y la ampliación de este hacia la calle Mantaro marcaron el inicio de la transformación de lo que era un punto de encuentro desapercibido a un centro saturado de tiendas que eran agregadas de forma aleatoria y desordenada al diseño original. Si bien el crecimiento del centro respondía a la demanda de contar con nuevas tiendas que otros centros comerciales más grandes tenían, la suma de estas no se previó y la adición de dos niveles más, el enrejado exterior y un patio de comidas hizo que otra entrada sea obstaculizada por está saturación. En los últimos dos años, todavía se sigue añadiendo tiendas en lo que quedaba de los puestos de estacionamiento y la altura del centro comercial sigue creciendo.

Dado que la ampliación ha ido ocupando los antiguos lotes de estacionamiento, la percepción de Plaza San Miguel ha cambiado. Las fachadas desde la avenida La Marina, Universitaria y la calle Mantaro han quedado como grandes muros ciegos que permanecen desconectados y abrumadores al entorno. El gran bloque en que se está convirtiendo ya no invita al peatón a ingresar de forma sutil al centro. La adición de nuevas tiendas y las improvisadas entradas a los estacionamientos subterráneos cortan la circulación peatonal que antes era continua y uno casi debe adivinar por donde puede entrar al centro sin tener que pasar por alguna tienda ancla antes. No se trata de que la improvisación en el crecimiento de Plaza San Miguel tenga menos valor que una gran área para puestos de estacionamientos que este tenía hace dos décadas, sino que nunca se dio importancia a la necesidad de tener espacios previos, de transición hacia el ingreso del centro comercial. Cosa que el diseño original si había previsto en el interior y que esa gran área de estacionamientos, diseñada para el auto, servía mejor al ser un gran retiro a que el peatón tenga que enfrentarse de forma tan abrupta a un gran bloque ciego de tiendas por departamento.


El crecimiento económico, la demanda de nuevos centros comerciales en todos los distritos y el prototipo de centro comercial americano causó el rápido incremento de nuevas tiendas y nuevas cadenas de restaurantes y cafeterías como símbolo de desarrollo e inversión en los distritos emergentes en los que cada vez la clase media era la mayoría. Plaza San Miguel se extendió, pero no evolucionó como edificio público y para el público. Le da la espalda al usuario peatón que fue siempre el recurrente, interrumpe y crea nudos de tráfico alrededor que mientras más se satura, más desdén provoca pensar si realmente uno quiere ir a caminar o reunirse o siquiera ir a comprar a este centro comercial. 

laplazaperu.files.wordpress.com 

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Los querubines del Real Plaza Salaverry (Maria Pía Berninzon)

Segunda entrega de "Crítica, crítica y más crítica (Vol. 2)". Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y no representan necesariamente la posición del blog.


Si tuviera que expresar mis sentimientos sobre el centro comercial Real Plaza Salaverry, serían similares a los que sintieron los modernos al enfrentarse al art Nouveau, en esta especie de fachada churrigueresca contemporánea donde sólo faltan los querubines, donde el horror vacui se observa en una grandiosa expresión.

Desde el ingreso hasta los estacionamientos, del patio de comidas en forma de OVNI hasta la escalera de templo azteca en la fachada, es una exageración arquitectónica en donde el exceso de detalles hacia la Av. Salaverry y la ausencia total de los mismos hacia la Av. Punta del Este expresan confusamente los ingresos y salidas del mismo.

Mi primera visita a este centro comercial fue realmente desastrosa, llegar al mismo edificio y recorrerlo fue un dolor constante, tanto así que, confesándome una adicta a las compras, no pude disfrutar ni 5 minutos del recorrido.

Si se llega en auto, primero deberás sufrir una tortura constante de tráfico de por lo menos 10 minutos antes de poder ingresar al estacionamiento, debido a que los taxistas emplean la misma avenida para ofrecer sus servicios, teniendo en cuenta que el Real Plaza Salaverry posee una bahía para ellos, estos prefieren cuadrarse en la puerta del mismo.

Después de sufrir este tiempo en el tráfico y pelearte con por lo menos 5 taxistas que decidieron esperar clientes justo en la entrada, ingresas al estacionamiento, más confuso que el laberinto del minotauro, donde no hay espacio ni para tu bicicleta, después de descender hasta el inframundo quizá encuentres un espacio al lado del can cerbero – pídele de pasada que por 20 “Luquitas” te lave el carro – después de esta odisea, puedes dirigirte hacia el único núcleo de escaleras verticales que conectan toda la edificación o hacia los ascensores que solo se detienen en pisos determinados, y no cometas el error de detenerlo en el piso 0, ya que tendrás que atravesar toda el área de cocinas, baños, mantenimiento y almacenamiento del centro comercial para poder llegar hacia los locales comerciales.

Si se llega peatonalmente, tu suerte no cambiará mucho, puesto que en primer lugar, el Real Plaza decidió que el colocar vallas de seguridad en todo el borde de la avenida Salaverry era una buena idea, así que no hay forma de cruzar directamente al centro comercial, o caminas una cuadra hacia alguno de los lados para llegar o te rehúsas arduamente y te atreves “a la peruana” y le metes tu saltadita a las rejas de seguridad, eso si es que alguno de los taxistas anteriormente mencionados no te deja como papelito.

Después llega la confusión, ese hermoso detalle de “y ahora a donde voy”, te diriges a la fachada principal buscando que tus dudas se resuelvan y si no fuera por el de seguridad que te dice, “la entrada es aquí a la derecha” ni cuenta te das, no sabes si debes subir la escalera azteca y hacer algún sacrificio, atravesar la parte de los restaurantes, subir por las otras escaleras eléctricas o entrar por ese pequeño agujero que el de seguridad llamó “entrada”. Si al final te decidiste por lo seguro, le haces caso al de seguridad. Por otro lado, la fachada posterior no es de mucha ayuda, ahí no se encuentra ni el de seguridad, al final decides ingresar por el único agujero de la fachada, eso sí, consideremos esta como la fachada menos confusa, la que menos “daño” le ha causado a la ciudad, una fachada que no quita ni otorga nada.

El lenguaje que emplea en la fachada “principal” es confuso, posee una escalera netamente decorativa, unas escaleras hacia el lado izquierdo y además un ingreso poco claro. Además, hay restaurantes que se encuentran en la fachada principal, que si no tienen señalización no se les reconoce, como lo son Papachos y K.O. La fachada fue definida como principal según el arquitecto, dejando de lado casi completamente la fachada posterior, y olvidándose de la residencial San Felipe, de donde proviene gran parte de su público, quienes se les dificulta el ingreso cruzando la Av. Punta del Este y poseen una fachada altamente descuidada, sin un mayor diseño y altamente contrastante a la fachada de la Av. Salaverry. El arquitecto no supo aprovechar la oportunidad de tener dos fachadas en un cruce de avenidas tan importantes como lo son Salaverry y Punta del Este.

Interiormente el edificio y la circulación no es mejor a la del estacionamiento, lo que podemos rescatar es que se respetó la tradicional secuencia de tiendas ancla en los extremos y en la parte central, sin embargo la circulación sigue siendo igual de confusa, si te diriges hacia alguno de los lados hay escaleras que no continúan hasta el patio de comidas ni al estacionamiento, las únicas que se dirigen ahí son las escaleras centrales, hacia uno de los lados del mall encontramos un pasaje con tiendas que aparece y desaparece según el nivel donde te encuentres, después de unas 7 visitas al lugar recién me enteré que existían.

Por último, el patio de comidas, ese hermoso platillo volador que se puede observar desde 5 manzanas a la redonda, partido perfectamente por una junta sísmica no planeada, donde se encuentra, aparte de los restaurantes “económicos”, el cineplanet, partido en dos sectores, izquierda y derecha, en cada una encontrarás salas de cine, pero solo en un lado puedes encontrar las cajas para comprar las entradas y de ahí, nuevamente pregúntale al amigo de seguridad sobre donde está tu sala.

El mall posee una serie de elementos arquitectónicos agradables, como las triples alturas en los núcleos de circulación, la triple altura del espacio central donde se desarrollan distintos eventos conforme a la época del año y la disposición de las tiendas ancla, Sin embargo, es una mezcla de “todo un poco” hacia un lado y nada hacia el otro, dándole la espalda a la residencial san Felipe, congestionando irracionalmente la avenida Salaverry y dándole una justificación adicional a nuestro alcalde Luis Castañeda para realizar el bypass de la avenida anteriormente mencionada, otorgando espacios residuales a la ciudad como lo es la plaza ubicada en la punta del real plaza, empleada únicamente por skaters, que quieren pasar el rato sin que la clásica vecina amargada los grite y donde, muy de vez en cuando, se realizan ferias temporales para “activar” la zona.


Por otro lado, el formato de “centro comercial” no ha variado en más de 50 años, con el mismo formato de tiendas anclas y pasillos de conexión con locales comerciales a los lados, cerrándose en sí mismo y dejando de lado la ciudad, lo mismo sucede con el Real Plaza, se cierra en sí mismo, perdiendo la oportunidad de otorgarle espacios públicos a la ciudad y articulando los flujos vehiculares y principalmente peatonales que existen actualmente en la zona.


lunes, 6 de noviembre de 2017

Universidad Nacional del Centro del Perú: Edificio Administrativo (Dino Cano)

Primera entrega de "Crítica, crítica y más crítica (Vol. 2)". Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y no representan necesariamente la posición del blog.

He crecido gran parte de mi vida apreciando este edificio: la primera vez que lo vi, realmente sentí su presencia. Es un edificio que se logra imponer en el firmamento de una ciudad rodeada por montañas. A su vez, el edificio también logra esta conexión que uno llega a sentir cuando está al frente de una gran montaña, respeto, admiración, jerarquía y omnipresencia. Cualidades que están sujetas a un punto de vista muy particular, de una persona que ha crecido viendo este edificio desde los 8 años, despertando en él no solo las ganas de empezar una vida universitaria, sino por el deseo de ser el responsable de algo igual o mejor.


Dejando un poco de lado la admiración y el sentimiento que tengo hacia el edificio, me gustaría empezar a hablar un poco sobre la forma de este. Cuatro volúmenes de diez pisos que se levantan sobre un zócalo que trata de respetar la escala humana. Lo estereotómico sobre lo tectónico y es que si lo vemos detenidamente es una gran masa apoyada sobre unas columnas de sección circular, contrario a lo que podríamos apreciar en el resto de la ciudad, donde el primer piso se trabaja con muros de adobe y lo que sigue es un techo de madera con tejas a dos aguas. Hablando un poco más sobre el techo, cada volumen o prisma tiene el techo inclinado para el deslizamiento de las fuertes lluvias que se tiene en la ciudad, pero cada uno en un sentido distinto y dándole la espalda al anterior, teniendo como resultado estos volúmenes que se van dando la espalda, pero que van mirando hacia la ciudad.


Exteriormente poco se entiende el sentido de los ejes que atraviesan el edificio, ejes que se encuentran en un centro que interiormente está bien desarrollado, pero que por fuera no se logra leer en lo absoluto. Cada volumen tiene un detalle en las aristas interiores, unos nada sutiles grabados pre-hispánicos que no tienen otra función más que la de decorar y hacer ver más "andino" al edificio. Hablando un poco más sobre los materiales que se utilizaron, tenemos el vidrio azulado, algo que se viene usando bastante en provincia, un material que en este particular caso me parece acertado, ya que se puede leer como una continuidad del azul del cielo, reflejándose incluso en este las nubes hace que el edificio no se imponga abruptamente, sino que juegue un poco con su entorno.

En este edificio se podría hablar de una modernidad o un regionalismo, si no fuese porque en realidad no existe una planta libre o una verdadera reinterpretación de los materiales o las costumbres de la región. No sigue nada en particular y trata de romper con el esquema que se tiene de la ciudad. De una manera intencional el arquitecto quiere que su edificio resalte y sea un nuevo hito en la ciudad, algo que sin duda le ha salido bien y es que este ha sido una de sus más reconocidas obras y en la que se le ha permitido expresar más sus ideales sobre lo que quiere para la ciudad. A pesar de todo, exteriormente encuentro algunos detalles sin sentido y hasta la fecha no logro entender por qué tomó ciertas decisiones, como la del detalle del diminuto volumen saliendo de la nada, interrumpiendo con la continuidad del volumen en sí. Algo más osado que intentó el arquitecto es tener la circulación vertical con unas escaleras con descanso semicircular, algo que exteriormente no tiene sentido y no se acompaña con nada del edificio, esta como un capricho del arquitecto más que como algo que aporte a la lectura del edificio.

La vista que se tiene desde el interior de la universidad es incluso mejor, el edificio te invita a ingresar por el zócalo que se separa incluso del nivel peatonal, pero te deja un amplio ingreso por unas escaleras que te hacen sentir que estas ingresando a una parte diferente de la universidad y es que la función de este edificio no es igual a la del resto, es una zona administrativa, comercial, de esparcimiento y de encuentro. Estas características hacen que el ingresar al edificio en si sea mucho más llamativo y esto sumado a la importancia que tiene este con respecto a la ciudad hacen que la experiencia de recorrer el edificio sea más placentera de lo normal.



Hablando un poco más con los estudiantes de la universidad, pude entender que le tienen un gran aprecio a este edificio, solo los alumnos de arquitectura difieren unos con otros en sus opiniones con respecto a este, pero siempre el resultado llega a ser el mismo, admiración y aprecio por algo que los identifica. Esto demuestra mucho de la obra del arquitecto, ya que ha logrado hacer algo que realmente gusta, que puede generar alguna molestia en algunas personas, pero que lo aceptan de la mejor manera. Realmente es un edificio atemporal que marcó un antes y un después en la arquitectura de la ciudad y que permite pensar en hacer cosas iguales o aún mejores que esta. A pesar de eso aun siento que el desarrollo del exterior al interior del edificio deja mucho que desear, porque uno tiene unas expectativas muy altas cuando mira y entra por primera vez, pero ya adentro del edificio este (como todo lo se "personaliza") pierde en gran magnitud las virtudes que quizá en su momento el arquitecto trato de plasmar.

El gran espacio central es sin duda el mejor logrado en la edificación, una triple altura que te acoge y te hace sentir de manera más especial dentro de un edificio icónico en la ciudad. Aunque de nuevo siento que las curvas son un poco más que innecesarias para un espacio que no responde al exterior, no se lee en este ni en ningún otro espacio de la edificación estos cuatro volúmenes que se van dando la espalda, mucho menos los ejes que se leen desde el exterior.


Finalmente me gustaría terminar esta crítica con una reflexión de lo que se viene haciendo en provincia, muchas veces la inversión suele ser menor a la esperada y uno tiene que hacer mucho con lo poco que tiene, en el caso de esta edificación la construcción y la lógica que se utiliza es sencilla, no requiere de mayores logros de la ingeniería y la grilla responde a algo que ya se viene haciendo desde hace mucho. Sin embargo, el arquitecto logra con esto hacer una volumetría distinta, con movimiento y reconocible desde lejos. Muchas veces se opta por lo más fácil, lo que traiga más metros cuadrados y lo que se pueda seguir expandiendo verticalmente, pero este no es el caso, es un edificio que logra su objetivo y abre las puertas a lo nuevo que se pueda venir haciendo en la ciudad.

Crítica, crítica y más crítica (Vol. 2)

www.architectural-review.com
Todos los ciclos, invito a los alumnos del curso de "Teoría de la arquitectura" de décimo ciclo de la UPC a embarcarse en la tarea de criticar un edificio. Algunas veces, los resultados son "buenos no más", porque la tarea se dio muy cerca a las entregas de taller o porque simplemente no fluía. A veces, tengo la suerte de leer textos muy buenos. 

Como en el 2015, que publiqué los mejores trabajos del ciclo, esa vez lo volveré a hacer, con el permiso y créditos a sus respectivos autores. Los resultados de este ciclo me han gustado bastante.

El disclaimer de rigor: no necesariamente comparto los puntos de vista en los textos a publicar. Los artículos se publicarán tal y como me fueron entregados (con alguna tilde corregida aquí y allá), respetando el texto y el formato presentados por sus autores.

Los textos han sido escogidos por su originalidad (en el objeto criticado o en el enfoque que se hace del mismo), su capacidad de transmitir ideas, el lograr mostrar diferentes ángulos de la experiencia o el recorrido, y el compromiso del autor con tomarse en serio la tarea de tratar de entender y hacer entender un edificio.

El ejercicio de crítica es vital para una disciplina. Cualquier disciplina. En el caso de la arquitectura, se ha dicho una y otra vez, la poca crítica existente no es suficiente. Que estos ejemplos sirvan para que haya un poco más.

Aquí el enlace al primer texto: "Universidad Nacional del Centro del Perú: Edificio Administrativo", por Dino Cano. 

Y, como siempre: el que se pica, pierde.

lunes, 30 de octubre de 2017

El respeto al desierto: Aulario de la Universidad de Piura

Mis expectativas con respecto al edificio eran bajas. Es posible que sea porque luego de ver el bosque de huarangos alrededor de los edificios del campus, predomina la idea de que cualquier cosa que quite terreno a ese extraño bosque desértico, ya es una irrupción. Y es, de hecho, una de las cosas que hace tan interesante al campus principal de la Universidad de Piura: los espacios aún no "domesticados". Esos a los que no llega la manguera, donde árboles y pequeños matorrales luchan contra la arena.

Paisaje piurano, en suma.

El nuevo aulario del campus, de Sandra Barclay y Jean Pierre Crousse, recientemente inaugurado, está en el extremo noreste de la parte construida del campus. Desde el ingreso en la Av. Mujica, son unos buenos diez minutos caminando.

Para llegar al edificio, luego de pasar delante de las demás construcciones del campus, hay un camino, una especie de alameda con huarangos alineados con exactitud de jardín versallesco. Lo cual ya es una gran contradicción. Este es un árbol que no se deja domesticar, y dentro de poco la alineación va a desaparecer en la irregularidad del follaje.

Lo que uno se encuentra al final del recorrido es un volumen macizo en concreto expuesto. Pensar en el LUM es inevitable. Dos perforaciones - una mayor hacia la izquierda y una menor a la derecha - y un desplome en la fachada, serían las únicas interrupciones. Pero hay también una celosía, irregular, en concreto expuesto. Es, creo, el primero de muchos puntos de interés del edificio.



No me quedó clara cuál era la entrada principal. La perforación mayor y la menor compiten con una rampa que no es aparente desde lejos. Una vez que uno se encuentra frente a ella, es sin duda la entrada más atrayente. Con la duda de si se está haciendo lo correcto o no, esa rampa conduce al interior del edificio, desde el segundo piso. Y es aquí que descubrimos que la fachada esconde un mundo mucho más estimulante, de irregularidades, tensiones volumétricas, texturas y juegos de luz y sombras.

Si, en un primer momento, uno piensa en el LUM, el interior evoca, más de una vez, al Convento de la Tourette.

Parafraseando a Benedetti - y que me perdone - este edificio es una alcachofa. Uno lo va descubriendo, piel tras piel, recoveco tras recoveco. La gran diferencia es que nunca sentí que fuera "perdiendo sus enigmas" sino, por el contrario, presentando nuevas cosas que ver, nuevos temas en qué pensar.

Es un edificio sexy.

El aparente caos, reforzado por el ingreso poco claro, y por la volumetría interior irregular, se resuelve en los recorridos. Es, en realidad, un cuadrado, con una circulación en forma de U. No sé si valdría compararlo con un claustro tradicional de convento: el espacio central no es un claro patio abierto, sino una cafetería en semisótano, parcialmente cubierta por los techos de concreto. Al rededor, pasillos con aulas y oficinas.


Las texturas irregulares del concreto se combinan con superficies lisas y blancas. La complejidad está dada por los desniveles y, sobre todo, por las fracturas en la cubierta. Lo visité en un día nublado, pero imagino que la luz del sol, al entrar con generosidad, hace más evidente estas fracturas al trazar líneas en los muros de los pasillos. Cada aula parece estar techada de manera independiente; las cubiertas no se tocan. Es así que se da una tensión entre las diferentes partes, que se suma a la de los volúmenes al interior del conjunto.

Desde el punto de vista espacial, el gran logro es eso que a Wright le gustaba tanto: estar en un espacio y ver otros. Querer llegar a ellos sin saber bien cómo. Y así, invitar a recorrer el edificio; a entenderlo. 



La amplitud de los pasillos, y los lugares para estar, sin función determinada, fomentan encontrarse y permanecer. Las dos cosas que uno podría desear en un edificio, sobre todo uno dedicado a aprender. No se trata, en este caso, de espacio desperdiciado, sino de espacio invertido para esas funciones imprecisas: los eventos y la espontaneidad. No toda la arquitectura debe girar en torno a la función pragmática; es probable que aquí, además del plantemiento de los proyectistas, haya que agradecer a un cliente generoso. 

¿Y el desierto?

Al recorrer el edificio, dejé de pensar en el territorio quitado al desierto. A diferencia de muchos de los edificios del campus, que se sitúan en un artificial prado que debe ser constantemente regado, este aulario es arquitectura del desierto; glorifica el heroísmo del huarango. El paisaje de árboles y arena entra al edificio, y éste se busca verlo en cada recoveco. El aulario nos muestra ese espacio con una nueva dignidad. Parece cerrarse al desierto con su volumetría, pero es precisamente así que, con visuales controladas, invita a redescubrirlo.




martes, 3 de octubre de 2017

Tengo miedo

El terreno de Stansa (luego Ricoh), en la esquina de Pardo y Aliaga con Conquistadores, está vacío.

Esquina de las Avs. Pardo y Aliaga, y Conquistadores
(Google Street View)

El proyecto original no era nada excepcional, excepto dos cosas que hacían que, al menos, no fuera dañino. La escala se ajustaba a la del edificio San Carlos (aun en pie), y ofrecía hacia la fachada principal un retiro generoso.

Desde el punto de vista urbano, esta esquina no es ninguna maravilla. Uno de sus lados es el muro ciego del colegio María Reina; los otros dos, bancos. Pero mucha gente pasa por ahí, a pie, en carro o bus. Esto la hace relevante para todas esas personas que, sin quererlo, son usuarias de este espacio.

Esquina de las Avs. Pardo y Aliana, y Conquistadores, estado actual
(Imagen propia)

En la actualidad ese lote vacío, enorme, es una gran oportunidad. Sospecho que lo que sea que se construya en él se parecerá más al edificio vecino que actualmente tiene hacia el frente de Conquistadores. Un edificio de oficinas que aprovecha al máximo la superficie del terreno en pos de una mayor rentabilidad. Un anónima caja de vidrio como tantas otras que pueblan esa parte de la ciudad.

Y tengo miedo.

A una cuadra de distancia, en la misma avenida y en dirección a la huaca Pucllana, está el que considero uno de los ejemplos más nocivos de edificio de oficinas. Una forma geométrica pura, abstracta, en donde la escala humana y la relación con el exterior, brillan por su ausencia.

(Imagen propia)
Es posible que el interior sea una maravilla, más por mérito de los diseñadores que de la fachada negra, que obliga a usar luz eléctrica hasta en los días más soleados. Lo que a mí me preocupa es el exterior. Eso que es usado por muchísima más gente que la que trabaja al interior. Eso que será sufrido por todos nosotros si es que otra caja hermética llega a ocupar el terreno vacío.

Muros ciegos, ningún referente de escala humana (excepto el nombre de las calles, en un murete parecido a los tradicionales, pero, cómo no, en negro), ninguna relación con el exterior. El ingreso, una perforación más apropiada a un calabozo. El bonito efecto que podría dar el color cobre se pierde bajo el peso del resto de la composición. No provoca entrar. Y, lo que es mucho peor, no provoca pasar por el costado.

Volvamos a nuestro terreno vacío y caminemos una cuadra más, pero en la otra dirección, hacia la Av. Camino Real. Otro edificio de oficinas. Otro objeto abstracta, pero ligeramente distinto. No se trata, en absoluto, de uno de mis edificio favoritos, pero sí hay que reconocerle algunos aciertos.

(Imagen propia)
En lugar de un borde hermético, tenemos tiendas. Sólo tres, que logran hacer toda la diferencia. Caminar por ahí no me va a iluminar el día, pero tampoco genera rechazo o miedo, y esto ya es una gran cosa. La distancia entre la vereda y la vitrina de la librería, lograda por un zócalo bajo, no me deja leer los títulos de los libros, pero eso no influye en lo agradable de la imagen. Los cristales, que separan las mesas del restaurante del exterior, no molestan.

El resto del volumen pasa desapercibido desde la escala del peatón, pero, si uno se detiene a mirarlo, hay un par de detalles diferentes que lo hacen menos agresivo. No es un solo tipo de vidrio, sino dos,  lo que ayuda a manejar la escala con respecto al ser humano; el color predominante es un azul claro y alegre. Hay sustracciones, sutiles, sí, pero que logran salvar al edificio de la apariencia de mole maciza. A diferencia del anterior, este sí parece ser un edificio vivible. 

En el terreno vacío se repiten las mismas responsabilidades, y se agregan unas cuantas. Hay una esquina; ¿se va a aprovechar, como un respiro urbano o una entrada jerárquica, o se va a ignorar? Hay tránsito de personas, un kiosko, un paradero; ¿se va a considerar el impacto sobre los usuarios cotidianos de ese pedazo de ciudad? Se está buscando consolidar un eje comercial, peatonal, en la Av. Conquistadores; ¿se aportará a esa iniciativa? Finalmente, ¿qué importa más? ¿La imagen institucional del edificio como objeto/trofeo/foto de revista, o la experiencia urbana del usuario que lo sufre?

Las posibilidades son infinitas.

Esta es una esquina maravillosa, una oportunidad única de hacer algo fantástico.

O, al menos, de hacer algo que no sea nocivo.

Pero tengo miedo.
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