viernes, 25 de julio de 2014

"Yo también quería participar, pues"

Salieron los resultados del muy mencionado y trajinado Museo Nacional en Pachacamac. Independientemente de la calidad arquitectónica de los proyectos presentados - que creo que en muchos casos es notable - hay un tema que no deja de llamar la atención. 

Hace poco más de un mes las redes estaban revueltas. Cargadas de cartas abiertas, manifiestos de servilleta y posts de 140 caracteres que reclamaban un concurso público. Los argumentos eran varios y muy loables: ¿Cómo garantizar la calidad arquitectónica del proyecto si este ha sido adjudicado sin consenso a un grupo, por lo demás, desconocido? ¿Es que el gremio tiene tan poca presencia, que es incapaz de velar por los derechos de la arquitectura nacional? ¿Por qué un proyecto de esta envergadura no es abierto a la participación de todos los arquitectos?


La presión fue insistente y, con cierta sorpresa, vimos que esta vez sí hubo una respuesta. Tal vez me equivoque, pero creo que desde aquella vez que se evitó que se pinte el Museo de la Nación, los arquitectos no habíamos logrado imponernos ante nada. Ahora, gracias a que nos unimos, nos organizamos, protestamos, parecía que lo habíamos logrado. El proyecto del Museo Nacional se iba a adjudicar por concurso público. ¡Todo un triunfo!


Pero...

Bastó un vistazo a las bases para que la indignación volviera a surgir. ¿Sin honorarios para el ganador? ¿Sin garantías de que ese proyecto ganador sea construido? ¿Diez años de agremiado para poder concursar? ¿Sólo un mes para desarrollar el proyecto? Esta vez los indignados tuits, comentarios de Facebook y artículos de blogs no tuvieron respuesta. El concurso se lanzó, y, como todas las cosas en Internet, el tema pasó de moda y muchos le echaron tierra. 

Y ayer salieron los resultados. La sorpresa es grande, no por los proyectos en sí, sino por los participantes. Arquitectos que hace un mes llenaban sus discursos de protestas, arengas e indignación, ahora sonríen al ver sus propuestas colgadas en Facebook, y, a pesar de estar un poco picones por no haber sido los ganadores, es muy posible que estén disfrutando la vitrina. No tendría nada de malo, si no fuera por ese ligero tufillo de doble moral. 

Hay argumentos, por supuesto, que justifican la participación en un concurso así. Algunos puede que lo hagan simplemente por el ejercicio de diseñar un museo - tipología que permite a los arquitectos experimentar con el espacio arquitectónico de un modo muy libre -; otros dirán que era lo responsable presentar un proyecto "bueno" - aunque quién juzga lo que es bueno o no, queda por verse -; otros simplemente no buscarán justificación alguna y presentarán lo suyo, olvidando cualquier protesta previa.

Creo que lo ocurrido es simple. Estábamos picones de no haber sido nosotros los seleccionados a hacer el museo. No pedimos concurso por el bien del gremio, o de la arquitectura nacional... lo hicimos porque "yo también quería participar, pues". Y todos los argumentos bienintencionados no fueron sino eso, argumentos, que, en realidad, sirvieron para disfrazar nuestras motivaciones personales. ¿No sería mejor un poco de honestidad, como esos grupos de arquitectos que, desde el inicio, anunciaron que sí iban a participar porque sí y ya? Eso, al menos, nos libra de la doble moral. Así sabemos a qué atenernos.

lunes, 14 de julio de 2014

Demandamos

Más de cincuenta años después, en nuestro medio estas demandas tienen más vigencia que nunca.

"Del estado:
Nuevas regulaciones que le aseguren al planeamiento urbano el derecho de decidir sobre le propiedad del suelo en áreas tugurizadas; un cambio en las leyes que rigen la asistencia en los edificios.
De la provincia:
Participación decisiva de planificadores y arquitectos progresistas en la formulación de las nuevas reglamentaciones provinciales para edificaciones.
De las municipalidades:
Planeamiento independiente, liberado de prejuicios románticos y títulos de propiedad dados a la suerte; que arquitectos independientes sean los planificadores; más concursos de planeamiento urbano.
De los grupos que construyen:
Mejor diseño de viviendas a través del empleo de mejores arquitectos; soporte al planeamiento urbano; reconocimiento y apropiación de sus responsabilidades culturales. 
De los propietarios:
Mayor consideración por el interés público; menos egoísmo; mayor entendimiento y apertura hacia el planeamiento urbano.
De los arquitectos:
Ser conscientes de la tarea artística de la arquitectura; mayor consideración de los desarrollos sociales, económicos y tecnológicos conectados con su trabajo; eliminación de la profesión de los males de la intermediación y la especulación. 
 De las universidades:
Participación en los problemas públicos, de manera que la investigación que realicen sea reconocida y utilizada.
De la prensa:
Mayor lugar a las necesidades de la planificación y la habitación; más crítica e ilustración en lugar de simples reportes expositivos.
De las oficinas de inspección:
Colaboración en la realización de nuevas formas de habitación y administración inmobiliaria; separación de los aspectos legales y técnicos; cumplimiento de sus deberes de un modo no burocrático; efectuar las decisiones en materia de forma en conjunto con arquitectos independientes; que la gente no esté impedida de obtener mejores viviendas por leyes anticuadas y principios obsoletos."
Der Spiegel, N1 28, 1963

Bächer, Max, et al. (1963) "We demand" [Exhibición Heimat, Deine Häuser, Stuttgart, Junio, 1963]. En: Conrads, Ulrich (1990 [1964 ]) Programs and manifestoes on 20th-century architecture. Cambridge: The MIT Press.

viernes, 4 de julio de 2014

Crítica II (M. Tafuri)

Primera parte

"Quizá nunca como hoy ha necesitado el crítico tanta disponibilidad para acoger, sin el velo de prejuicios falsificadores, las propuestas que se hacen en la más absoluta incoherencia. Y nunca como ahora han sido necesarios una actitud rigurosa, un profundo sentido y un profundo conocimiento de la Historia, una atención tan vigilante para dirimir, en el vasto contexto de movimientos, investigaciones, o simples proyectos, las influencias dictadas por la moda, e incluso por el esnobismo cultural, de las intuiciones innovadoras.

(arkrit.dpa-etsam.com)
[...] El crítico es aquel que está obligado, por elección personal, a mantener el equilibrio sobre un hilo, mientras que vientos que cambian continuamente de dirección hacen todo lo posible para provocar su caída. [...] el crítico puro empieza a ser mirado como figura peligrosa: de aquí la tentativa de etiquetarlo con la marca de un movimiento, de una tendencia, de una poética. Puesto que la crítica que quiere mantener una distancia de la praxis operativa no puede hacer más que someter esta última a una constante desmixtificación para superar sus contradicciones o, al menos, para evidenciarlas con exactitud, he aquí a los arquitectos intentando una captura de aquella crítica, para, en el fondo, exorcizarla.

El intento de sustraerse a tal captura podrá parecer inspirado solamente por el miedo a los estúpidos o a los deshonestos. Para la crítica, reasumir sobre sí la tarea que le es propia - la de la diagnosis histórica objetiva y sin prejuicios y no la del apuntador o del "corrector de pruebas" - requiere, al contrario, una buena dosis de valor, dado que, al hacer la historia de la dramática riqueza del momento actual, corre el riesgo de aventurarse en un terreno minado."

Tafuri, Manfredo (1972 [1970]) Teorías e historia de la arquitectura (Hacia una nueva concepción del espacio arquitectónico). Barcelona: Editorial Laia. pp 12-14.

lunes, 30 de junio de 2014

Crítica I (M. Tafuri)

"Que la crítica de la arquitectura se encuentra hoy en una situación por lo menos "difícil" es un dato que, creemos, no precisa ser demostrado.

Criticar significa, en realidad, recoger la fragancia histórica de los fenómenos, someter a éstos a una rigurosa valoración crítica, descubrir sus mixtificaciones, valores, contradicciones y dialécticas internas y hacer estallar toda la carga de sus significados. Pero cuando mixtificaciones y destrucciones geniales, historicidad y antihistoricidad, intelectualismos exasperados y mitologías desarmantes se entrelazan de un modo tan indisoluble en la producción artísticas, como sucede en el período que estamos viviendo actualmente, el crítico se encuentra obligado a instaurar una relación extremadamente problemática con la praxis operativa, especialmente teniendo en cuenta la tradición cultural en que se mueve.

(www.taringa.net)
Cuando se combate una revolución cultural, en efecto, existe una estrecha convivencia entre crítica y operación.

Todas las armas del crítico que abrace la causa de la revolución se dirigen contra el viejo orden, excavan hasta el fondo las contradicciones y las hipocresías, construyendo un bagaje ideológico nuevo que puede también desembocar en una creación de mitos, dado que para toda revolución los mitos son las ideas - fuerzas necesarias e indispensables para forzar la situación. Pero cuando la revolución - y no hay duda de que las vanguardias artísticas del siglo XX han combatido por una revolución . ha alcanzado ya sus fines, falla el apoyo que antes encontraba la crítica en su compromiso total con la causa revolucionaria.

Para no renunciar a la tarea específica propia, la crítica deberá entonces empezar a retornar a la historia del movimiento innovador, descubriendo en él, esta vez, carencias, contradicciones, objetivos traicionados, errores, y, principalmente, deberá también demostrar su complejidad y su fragmentariedad. Los mitos generosos de la primera fase heroica, perdido su carácter de ideas-fuerza, se convierten ahora en objeto de crítica."

Tafuri, Manfredo (1972 [1970]) Teorías e historia de la arquitectura (Hacia una nueva concepción del espacio arquitectónico). Barcelona: Editorial Laia. pp 11-12.

lunes, 23 de junio de 2014

¿Una nueva generación?

A mis pokemones, con cariño.

El mayor cambio sucedido desde que terminé la carrera y empecé a enseñar en la misma facultad donde me formé, no fue tecnológico. A falta de mejor término, diré que fue social.

La facultad había pasado de ser una pequeña escuela orientada a un sector económico de clase media, media-alta a un proceso que la convertiría en la facultad con más estudiantes del país. Esto, para muchos, no es motivo de orgullo y, definitivamente, plantea situaciones cuestionables.

Hay, sin embargo, una enorme, maravillosa ventaja de esta nueva realidad. La arquitectura ha dejado de ser, hace ya bastante rato, una carrera de élite. Una élite, dicho sea de paso, mal entendida, relacionada con un capital cultural ligado a clases altas, críticos encasillados en un cierto círculo, referentes invariablemente del primer mundo, cultura entendida en términos sumamente limitados y limitantes. Una cultura que se impone de arriba hacia abajo, como si fuera la portadora de respuestas universales.

Los estudiantes, hasta hace algunos años, tenían como referente sus propias casas, diseñadas por arquitectos reconocidos; los lugares visitados en viajes a Europa o Estados Unidos; los libros de arte de las bibliotecas de sus padres.

Los estudiantes de ahora son un grupo, en primer lugar, mucho más plural. Al lado de la hija única que vive en San Isidro y cuyo padre es gerente de alguna gran empresa se sienta el menor de una familia de cinco hijos, que viene desde Ventanilla y desde chico se pasa las tardes ayudando a su papá en el negocio familiar. Los referentes de este segundo personaje son, probablemente, una casa autoconstruida, empezada por sus abuelos; paseos a parques o a visitar a la familia a provincia; graffiti, arte urbano y cumbia.

Y está muy bien.

En el maravilloso espectro entre un estudiante y otro, las facultades se han enriquecido con personas de distintas procedencias; cada una, una historia única. El conjunto empieza a ser, finalmente, representativo de lo que es el Perú: un conjunto de diversidad social y cultural. 


La nueva generación de arquitectos que ya está saliendo de las escuelas, finalmente, dejó de ser una élite que considera tener el derecho de decir a los demás cómo deben vivir. Esta nueva generación sabe, desde la cuna, que las respuestas son muchas y relativas, que no existen fórmulas, ni cinco puntos, ni honorarios fijos, ni normativa justa. Esta nueva generación sabe que debe ir al encuentro del cliente con actitud abierta y entiende que esa habitación adicional que sus papás construyeron en la azotea es importantísima.


Conozco personas espectaculares que están a punto de convertirse en arquitectos y arquitectas. Gente que no calza con lo que, cuando yo estaba en la facultad, era considerado un buen alumno. Son personas que cuestionan a sus profesores desde su propio frente de realidad, curiosos e inquisidores, y, sobre todo, solidarios y abiertos. 

Dentro de mi incurable optimismo, quiero creer que se vienen tiempos mejores para la arquitectura peruana. La nueva generación de arquitectos, que a veces callada, a veces a gritos, exige más de sus escuelas y es dura al juzgar lo que sucede a su alrededor, va a empezar a hacerse cargo de las ciudades. Si somos afortunados, seguirán firmes a sus ideales y no se dejarán corromper por el mercado y las modas y, tal vez, en ellos esté el entusiasmo y la terquedad necesaria para aterrizar nuevamente a la arquitectura y acercarla al ciudadano común. Para volver a ser una profesión de servicio.

viernes, 20 de junio de 2014

Así, no más

Artículo publicado en La Chimenea el 18 de junio de 2014.

"Pero lo cierto es que la ilusión de los centros comerciales —un poco como los parques de Disney— está muy bien fabricada y yo soy una víctima de ello. Espacios controlados, supuestamente seguros, donde no corro el riesgo de que un taxista me atropelle al ir de una tienda a otra, o de adelantar mi muerte respirando el smog de una combi. El que un centro comercial sea un espacio cómodo es una triste realidad.

También lo es el que suelen ser extremadamente nocivos para el entorno en el que están. Con contadas excepciones —y en este momento no se me ocurre ninguna— los alrededores de uno de estos malls suelen empeorar luego de su construcción. Hacia el interior son un mundo de color y alegría consumista; hacia el exterior, un gran paredón casi completamente hermético."

Seguir leyendo.

Imagen de Christopher Schreier
Residencial San Felipe y Centro Comercial Real Plaza Salaverry

viernes, 6 de junio de 2014

3 razones para (no) criticar arquitectura [Comentarios]

Comentarios al post del mismo titulo, publicados en Facebook durante el 02 de junio de 2014.

Enrique León Ferrand: Los que estamos en las "galeras" de la la "academia" remando para sacar adelante una mejor "cultura arquitectónica" quizá debemos vestirnos de "Momo y Proserpina" para mantener nuestras cabezas unidas a nuestros cuellos. También, y de tanto en tanto plantear una exposición de "arquitectos desconocidos", héroes silenciosos que no llegarán al "gran salón" , a la marquesina de la escena local. Quizá esa sea nuestra misión, demostrar lo bueno (voluntariamente ignorado) y lo malo que hiede desde el estómago de la "bestia" que solo procesa lo que le gusta y le es complaciente desde su entorno.

Marissa Consiglieri Nieri: Yo digo, hay que correr riesgos. Una de las cosas que más me llamó la atención, durante el tiempo que pasé en Lima, es la falta de crítica (auténtica) en arquitectura. Se critica urbanismo porque eso es criticar a la autoridad vigente; pero esos mamotrretos que se levantan aquí y allá sin sentido de contexto arquitectónico, sin respeto a los códigos de construccón, sin respeto a la propiedad pública, no se mencionan.

Carlos Cornejo: Si pues. No será mas bien la falta de pensamiento critico en la sociedad peruana?. O acaso la critica de cine o en la economía o en lo social o lo político lo es… o tiene algún nivel estable. Por qué la critica arquitectónica debería ser distinta del resto?. Si al final el critico cae en una suerte de vendedor de cebo de culebra o sanador de mil enfermedades… solo hay que leer los periódicos y revistas del medio para ver el retrato.

Lucho Calatayud: En este país somos muy políticos hasta para pasar crítica, y hay mucha divagación en temas centrales que deberian tocarse en una crítica, concuerdo con Marissa Consiglieri.

Israel Romero Alamo: Yo creo, Carlos, que sí hay pensamiento crítico en el Perú. Quizás no en todos como para hacer crítica, ni tampoco, en estos, la capacidad de hacerlo de la mejor manera. Si a esto le sumas lo que indica Cristina, que es prácticamente tener todo el mundo en contra, el panorama no es tan alentador. Pero sí hay; escondido, a cuentagotas y atado de pies y manos, pero ahí está.

C. C.: De acuerdo Israel, no pretendo generalizar. Pero, mientras la comunicación entre los que generan la critica sea casi inexistente ('a cuenta gotas') esto podría ser cada vez menor. El espacio académico lo protege y aísla con lo poco o nada que ofrece a los que participan de alguna Universidad (y me refiero a investigaciones o eventos).

Cristina Dreifuss: De acuerdo, Marissa, hay que correr riesgos. Creo también que es nuestra chamba como profes el enseñar a hacer crítica, que no es simplemente decir lo que a uno se le ocurre, como a uno se le ocurre. La crítica debe ser pensada, fundamentada, y debe apuntar a un enriquecimiento tanto del que la lea como de la profesión. No cualquiera sabe hacer eso. (Sin mencionar que hay que tener también la capacidad de escuchar al otro).

Celina Gleiser: Además, como comentó Cristina en su artículo, la crítica sirve de muy poco si sólo la leemos los arquitectos. Los premiados mencionados tenían acceso a los anhelados 'contextos distintos' además de ser supremamente accesibles en estilo.

C. D.: Parte del saber hacer crítica, entonces, es aprender a hablar el idioma de los demás (el escuchar, nuevamente). No nos sirve de mucho si se vuelve un texto erudito publicado en "nuestras" publicaciones. La crítica debería salir del closet y dirigirse al ciudadano, a todos.

M. C. N.: Definitivamente, el pensamiento crítico se queda en los corredores de las facultades de arquitectura y entre arquitectos. Es que "El Comercio" - que alguna vez tuvo una sección sobre arquitectura - no iba a publicar jamás crítica sobre un edificio o conjunto de edificios hechos por Graña y Montero, por ejemplo, porque ellos pagan publicidad. Pocos arquitectos se aventuran a hacer crítica por que no quieren antagonizar a un potencial cliente o empleador. Es cuestión de intereses, que le llaman:) y ahí nos hemos quedado, 'hablando' de arquitectura siempre con este espíritu adulador y lenguaje barroco que nos caracteriza. Una pena pero así es. Cristina, tiene razón hay despabilar a los muchachos desde la universidad, estimularlos y alentar, mejor exigir, pensamiento crítico fundamentado.

E. L. F.: ¿Se acuerdan de la anécdota sobre la crítica que hicieron Doblado y Queirolo sobre un proyecto de Graña - Cooper - Nicolini?; bastó una llamada telefónica de Cooper para expulsar a los primeros del suplemento del Comercio. Algunos, por su propia seguridad laboral tendrán que usar un alias y las redes sociales para poder hablar con libertad y lanzar un ladrillado de tanto en tanto.
Sobre el leguaje…tengo curiosidad cuantos no- arquitectos leerían crítica arquitectónica. Leerían sí, chismes del mundillo arquitectónico, de lo cual se podrían escribir volúmenes.
Soy un poco pesimista sobre el público fuera de la esfera de la profesión. Si no hay un valor de entretenimiento, por más que se simplifique el leguaje….creo que sólo leerían como advertencia sobre posibles malas inversiones inmobiliarias.

C. G.: Enrique, ¿quienes leian a Ada Louise? ¿a Goldberger? ¿a Jane Jacobs?
Si hay que hacerlo divertido en un comienzo, como gancho, puede ser. Creo que el hecho de que se atrevan/nos atrevamos a criticar bastará para el morbo.

E. L. F.: Cristina, creo que eran "otros tiempos", disculpa mi pesimismo, pero vivimos en una era que pierde la abstracción como un valor del pensamiento, todo es devorado por la imagen y la identificación que se tiene con esta, la inmediatez, por la capacidad de participar (como lo estamos haciendo).
Quizá sea el morbo…un: "No se lo cuentes a nadie" de nuestra escena arquitectónica local, pueda acercar el personaje al público. No es por nada que en toda reunión social en que se encuentran dos arquitectos, automáticamente cambian su conversación a arquitectura, alienando un poco a cualquier participante lego en la disciplina.

C. G.: El 'bottom line' sigue siendo que no tenemos el byline.

C. D.: Para antagonizar con Enrique, una dosis de optimismo: qué buenos están estos comentarios.
Yo creo que a la gente sí le interesaría leer, por ejemplo, qué hace que un edificio sea mejor que otro. Esto con miras al momento en el que quieren comprar su propio depa, por ejemplo. No es una crítica erudita, sino más bien pragmática. Empieza por mostrar a la gente qué es lo que debe ver, con el fin de convertir a esa misma gente en el público de críticas cada vez más sofisticadas.

Jose Acaro: Esta discusión demuestra los nuevos medios para el ejercicio de la opinión critica. Recuerdo que Montaner mencionaba algunos requisitos para el ejercicio natural de la critica en algun país, en algun lugar. Son tres, uno de orden politico, otro de orden metodologico y uno tercero mediatico. La democracia es el terreno fértil en términos políticos,en lo segundo una tradición de metodologia consistente que sea base en terminos intelectuales. La tercera razon es la mencionada comunicacion y difusion de la critica, esta se desenvuelve mejor cuando los canales de comunicacion permiten su existencia en las masas.

E. L. F.: De acuerdo con la crítica "pragmática", vamos a necesitar un asesor legal para comentar sobre las constructoras "malignas". Un buen caricaturista, algunos "topos", podría ser un buen comienzo.

lunes, 2 de junio de 2014

3 razones para (no) criticar arquitectura

Admiro a los críticos. A los críticos de verdad, que son muy pocos, y a los críticos de arquitectura, que son casi inexistentes.

W. Ludeña hablaba en un curso, precisamente de crítica arquitectónica, de las dificultades del medio que hacen que criticar arquitectura en el Perú sea casi imposible. 

Creo que son tres las razones que producen esta situación y, personalmente, son las que me hacen pensar no una o dos, sino mil veces antes de empezar a criticar. Estas tres razones oscilan entre lo objetivo y lo subjetivo (y nos convierten a muchos en grandes cobardes).

1. No existe un medio (o un público) para la buena crítica arquitectónica. No hay la posibilidad de una Ada Louise Huxtable, Paul Goldberger o Inga Saffron (tres ganadores del premio Pulitzer en crítica, en 1970, 1984 y 2014, respectivamente), básicamente porque no sé dónde podrían publicar, ni quién los leería. La verdadera crítica arquitectónica debe liberarse lo más posible de las presiones del medio. En la actualidad, el culto que rendimos al mal llamado "boom inmobiliario", y el hecho que los dueños de muchos medios de comunicación tengan participación en constructoras, hace que se reduzca el número de cosas a publicar a lo "económicamente correcto".

2. No nos gusta pelearnos abiertamente con la gente. Los arquitectos somos picones. Al menos en nuestro medio. No nos gusta que nos digan que lo que hemos hecho está mal... lo que posiblemente sea una secuela de nuestros días de estudiantes y críticas de taller. Los intentos de criticar un proyecto rara vez generan un diálogo. Lo que suele pasar es que el autor se pone a la defensiva y argumenta cosas como "el presupuesto no dio para más" o "el cliente era muy necio"; no defendemos nuestras posturas a través del diálogo, sino a través de la excusa, y esa excusa no se refiere a nuestro trabajo en sí, sino a condicionantes externas que, además, están presentes en toda obra de arquitectura.

La conclusión: luego del frustrado intento de diálogo, uno se ha ganado un enemigo de por vida... o al menos por un buen tiempo. Si la crítica se da tomando un café, puede que sea perdonada luego, con una suficiente cantidad de pisco sours; si se da en un medio escrito, las consecuencias pueden ser permanentes.

3. No queremos perder el trabajo. A pesar de los miles de arquitectos colegiados, nos seguimos moviendo al interior de un grupo reducido de personas, especialmente en la enseñanza. Dentro de este puñado de personas uno creería que la crítica sería más aceptada, pero lo cierto es que no es así. Es posiblemente peor. Decir ciertas cosas, atacar a instituciones, personas o eventos, puede convertirse en cavar la propia tumba profesional.

Luego de todo esto, la crítica desaparece y se convierte en una simple reseña, como las que leemos en la gran mayoría de publicaciones de arquitectura. Nos limitamos a describir el edificio, en el mejor de los casos; o a adular blandamente los aspectos positivos, en el peor. 


Envidio a quien vive de sus rentas, a quien busca amigos en otros contextos y a quien no se queda despierto en la madrugada pensando si lo que dijo fue demasiado o si encontrará que alguien reventó las llantas de su carro. 

¿Entonces? ¿La crítica de la arquitectura está condenada a ser una utopía inexistente? 

Creo que es precisamente por estas razones que tenemos que seguir haciendo crítica arquitectónica, hasta que el peso de ésta sea mayor que los miedos o majaderías de unos pocos. Tengo fe en los nuevos medios y en la gran cantidad de nuevos arquitectos. Mediante blogs, grupos en las redes sociales, foros y discusiones de pasillo, la crítica arquitectónica está empezando a coger cuerpo. Sólo espero que, una vez sumergidos en el mundo laboral, los nuevos críticos de la arquitectura peruana no caigan en la inercia del gremio y sigan queriendo dialogar: escuchar y ser escuchados.
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