martes, 9 de octubre de 2018

10 razones para enamorarse de Roma (una y otra vez)

Ministero della Pubblica Istruzione
1. La luz. Visto en restrospectiva, creo que la mayoría de mis momentos de disfrute han tenido que ver con la luz. Pioggia e schiarite, el amanecer, el tramonto, el sol golpeando la parte alta de los edificios, las nubes coloreadas. Se me ocurre que es la luz la principal razón que, desde siempre atrajo e inspiró a artistas y arquitectos. Es un privilegio elaborar bajo la luz romana.

2. El transporte público. Lo sé. Actualmente los romanos no tienen muchas cosas positivas que decir de su transporte público. Y si uno ha tenido que esperar 45 minutos por un tranvía bajo el sol, lo entiende. Alguna vez yo escribí pestes sobre el tema. Pero para quien viene de la ciudad combi, poder sentarse cómodamente por media hora a leer, o ver el paisaje, o simplemente cabecear, el poderse transportar como en Roma es un lujo. De hecho, escribo esto mientras voy en tranvía por la línea 8, con una vista privilegiada de la Isola Tiberina.

3. La comida. Pasta Barilla con pesto genovese por 3 euros. 2 más si le agregamos un buen trozo de parmesano de verdad. No tengo nada más que decir.

4. La amabilidad inesperada. Será que estoy poniéndome vieja, será que ya me acostumbré, pero de pronto resulta que los romanos son amables, a su modo. Y ese modo es extraño, inesperado, ruidoso y, creo, de fuera se ve un poco agresivo. De todos modos, que la cuenta de la librería sea rebajada de 90 a 65 euros por pura amabilidad es notable. 

5. Las hojas de los árboles (y su olor) en otoño. Para quienes venimos de un mundo de dos estaciones (y una sutilísima primavera de una semana de duración), el otoño es un espectáculo. Las hojas crujientes en la vereda, el color entre verde y rojo, pasando por el dorado, el olor... el otoño es mi estación favorita y Roma sabe cómo hacerlo glorioso.

6. El tropezarse con edificios salidos de la clase de historia. Esta es la típica razón de los turistas aficionados a Roma, que van a propósito a ver los lugares más importantes. Pero el pasar casualmente al lado del coliseo cuando se toma el tranvía 3 es una sensación completamente distinta. No sé si los romanos se llegan a anestesiar y pierden la capacidad de asombrarse. Me costaría trabajo creer que es así.

7. El grito de "arrivedercigraziebuonagriornata" después del primer café en el bar. Ese café casi sólido, que se toma de un trago en la barra y resucita muertos. Y ese grito, porque si no es grito no tiene sentido, que es respondido del mismo modo. Educación matutina alla romana.

8. El lungotevere. Las hojas de los árboles casi tocando el río, el túnel sobre la vereda, el paisaje acompañando al agua, acompañando a la ciudad, acompañando al peatón. El lungotevere es divertido en carro, mágico a pie, intenso en bicicleta. Vale la pena caminar uno que otro kilómetro adicional si es que el camino que se toma es el del lungotevere.

9. Escuchar más de 5 idiomas en un mismo día... o en un mismo viaje en bus. Todos los caminos conducen a Roma: un ama de casa rusa hablando por teléfono, un par de monjas filipinas casi susurrando, dos niños discutiendo futbol en árabe, un turista francés que se equivocó de camino y el conductor romano que grita al colega algo que no entiende ni su madre. Eso, para empezar.

10. Los carteles antiguos de las tiendas. Esos que parecen salidos de una película de Fellini, con letras mayúsculas, nombres de mafioso y mala iluminación. Son parte del paisaje urbano de Roma y me alegro que la necesidad constante de renovar que muchas marcas del mundo parecen tener, haya evadido esta ciudad casi por completo. Si no, Castroni no sería Castroni.

viernes, 6 de julio de 2018

Que siempre haya uno (unito, aunque sea)

El cansancio de fin de ciclo nos coge a todos, alumnos y profesores por igual. La carga de trabajo nos aumenta a todos, también. Más entregas, más exigencia, más trabajos que corregir. Y, desde el punto de vista de los profes, esto parece venir acompañado de una mayor concentración de "esos" alumnos.

Esos que llegan al salón, se sientan en la última fila, y miran su celular durante toda la clase. Algunos, ni siquiera se toman la molestia de quitarse los audífonos.

Esos que, claramente, están avanzando trabajos de otros cursos.

Esos que se duermen. No una vez, porque ya no dan más (que tire la primera piedra quien nunca ha cabeceado cuando no debía), sino los que tienen narcolepsia crónica y usan la clase para recuperar horas de sueño, sistemáticamente.

Esos que reclaman. Porque la clase no empieza a tiempo, porque la clase empieza a tiempo, porque tienen demasiados trabajos que hacer, porque los calificamos muy bajo, porque no les ponemos presente cuando llegan media hora tarde, porque Fulanito sacó mejor nota que yo, porque no quiero dejarlos volver a entregar un trabajo jalado, porque hace sol, porque llueve, porque perdió Uruguay.

Esos que, a 13 semanas de empezado el ciclo, creen que no nos vamos a dar cuenta cuando hacen un "copy-paste".

Esos que reclaman indignados cuando los acosamos de plagio, aún cuando la evidencia está ahí, delante de sus narices.

Esos que publican en Facebook, con nombre y apellido, que están dispuestos a pagar porque alguien les haga el trabajo final de un curso.

Esos que ofrecen sus servicios para "ayudar", sabiendo que ayudar, en este caso, es sinónimo de hacer. Y sabiendo, también, que eso es un delito. 

Pero siempre hay uno, y si se es afortunado, dos o tres. Un estudiante que levanta la mano, espontáneamente, para hacer una pregunta interesante. Ese que, al final del ciclo, te agradece porque algo le gusto, o algo entendió, o algo "se le quedó". Ese que, tal vez, nunca abrió la boca durante el ciclo, pero siempre se interesó. Ese que, dos ciclos después, aún te saluda cuando te lo cruzas en el pasillo. Ese que, cinco años después, se acuerda de ti y te manda un meme.

Que siempre haya uno. O dos, o tres. Pero unito aunque sea. 

viernes, 11 de mayo de 2018

Congresos (I)

Desde que tengo uso de razón, se ha hablado de congresos en mi casa. Mis padres, incluso ahora, asisten a, por lo menos, dos congresos cada año, nacionales e internacionales. Y puede que me esté quedando corta. 

La primera vez que yo fui a uno, En el umbral del milenio, fue hace 20 años y estaba en el último año de colegio. Desde entonces, me hubiera gustado decir que tengo un record de asistencia y participación tan impecable como el de mis papás, pero no es cierto (intento que, al menos, sea un o al año). En temas relacionados con la arquitectura y el urbanismo, los congresos académicos son escasos. Escasísimos. Y en Lima la situación es triste.

Estos días tuvimos el raro privilegio de tener en casa la 7ma reunión mundial de cátedras UNESCO en Comunicación, con un congreso que se tituló Comunicación, ciudad y espacios públicos. Todo un lujo, con expositores de todo el mundo y sesiones plenarias de altísima calidad. 

Para muchos asistentes locales, este fue su primer congreso. Y pensando en ellos es que creo que vale la pena señalar algunas cosas sobre estos eventos. 

Empecemos por lo básico.

¿Qué es un congreso?

Es un tipo de evento académico, de más de un día de duración, donde se presentan especialistas en un tema determinado, agrupados en torno a mesas de temas más específicos. Estas presentaciones suelen acompañarse por sesiones plenarias, de mayor duración, dadas por una autoridad en la materia.

Sin embargo existe una serie de eventos académicos con características similares, y la gente de PhD Comics lo explica muy bien (aunque no incluyan la palabra "congreso"):

Cham, J., en http://phdcomics.com/comics.php?f=1704
¿Por qué son importantes estos eventos académicos?


- Congregan en un mismo espacio tiempo a especialistas de diferentes procedencias. Ya sea que se trate de un evento local, con participantes de diferentes universidades, o de un evento internacional como el arriba mencionado, los eventos académicos juntan en un mismo momento a personas que, en situaciones normales, podrían no encontrarse. Las mesas especializadas permiten confrontar experiencias y opiniones, las conversaciones entre ponencias amplían nuestra red de contactos y, finalmente, el conjunto nos pone en perspectiva con respecto a la posición que lo que hacemos ocupa en un mayor esquema de las cosas.

- Producen nuevo conocimiento. Cuando el congreso es preparado con la debida anticipación, es riguroso en la selección de ponencias, y ocupa un lugar importante dentro de la academia, quienes aspiran presentar sus trabajos se preparan con tiempo. En un evento académico pueden presentarse trabajos de investigación en progreso, nuevos resultados, nuevos enfoques metodológicos, o cruces interdisciplinarios que enriquecen la disciplina. 

- Permiten salir de la rutina. En los entornos académicos como universidades e institutos, o incluso dentro del mundo laboral, la rutina es una situación inescapable. Las clases se suceden una tras otra, los exámenes terminan siendo más importantes que el conocimiento en sí. Estos eventos nos obligan a hacer una pausa (idealmente, en lugar de las actividades académicas normales) y nos sumergen en jornadas de reflexión intensas, y en un intercambio de ideas y experiencias con pares y expertos. 

- Son una lección de humildad. Dentro de un entorno académico es fácil que se generen microcosmos con "especialistas" y "autoridades". Escuchar a pares o, mejor aún, a verdaderas autoridades en nuestra materia, nos da a los académicos un muy necesitado baldazo de humildad. 

¿Qué tipo de cosas voy a escuchar en un evento académico?

Esto depende del área del conocimiento en el que el evento se inscribe. Puede ser resultados de trabajos de investigación, revisión de literatura reciente, aplicación de teoría a proyectos concretos, presentación de nuevas tecnologías o patentes, debates sobre temas de actualidad, y un larguísimo etcétera.

Lo fundamental es recordar que el objetivo de un congreso es el diálogo. No el monólogo. Es así que quien va a lucirse y a tratar de demostrar que es mejor y/o sabe más que los demás, podría ahorrarse la molestia. El exponer lo que uno hace o ha hecho tiene el objetivo de colocarlo sobre la mesa de diálogo, exponerlo al análisis y a la crítica, y, por sobre todo, entrar en una conversación académica que apunta a enriquecer la experiencia, y el mismo trabajo del expositor.

Continuará.

martes, 10 de abril de 2018

sábado, 31 de marzo de 2018

Lakeland, FL: Child of the Sun (F. L. Wright) II

Child of the Sun aka Florida Southern College Architectural District
Lakeland, Florida
(Fotos de Pablo C. Herrera)

Primera parte







Child of the Sun, Frank Lloyd Wright
Master plan, 1957
(upload.wikimedia.org)

domingo, 7 de enero de 2018

Ada Louise Huxtable, citas

A cinco años de la muerte de Ada Louise Huxtable.

"Hoy, cuando hay tantas cosas que parecen conspirar para reducir la vida y las sensaciones a las profundidades más carentes y degradantes, es más importante que nunca que recibamos esa dimensión extra de dignidad o dicha, y la sensación elevada de uno mismo que el arte de construir puede dar a través de la naturaleza de los lugares donde vivimos y trabajamos. Lo que cuenta más que el estilo es si la arquitectura mejora nuestra experiencia del mundo construido; si es que nos hace preguntarnos por qué nunca antes notamos un lugar de ese modo." 
Ada Louise Huxtable (2010). “On Architecture: Collected Reflections on a Century of Change”, p.34, Bloomsbury Publishing.

"La buena arquitectura aún es esa planificación difícil, consciente, creativa, expresiva, para esa síntesis elusiva que es casi una contradicción: eficiencia y belleza."
Ada Louise Huxtable (2010). “On Architecture: Collected Reflections on a Century of Change”, p.43, Bloomsbury Publishing.

"Uno de los instintos humanos más básicos es la necesidad de decorar. Nada está exento - el cuerpo, los objetos que uno usa, desde lo íntimo a lo monumental, y todo espacio personal
y ceremonial. Es un instinto que responde ... a una urgencia interna y profunda que ha sido descrita como horror al vacío y la necesidad de dejar la propia huella en, al menos, un pequeño segmento del mundo."
Ada Louise Huxtable (1986). “Architecture, anyone?”, Random House.

"Todo acto creativo se basa en el pasado, ya se que pretende hacerlo o no. Se basa en lo que conoce. No existe, en realidad, un acto creativo en el vacío."

"El símbolo y la metáfora son tan parte del vocabulario arquitectónico como la piedra y el acero."

lunes, 13 de noviembre de 2017

El gran Teatro Nacional (André Velásquez)

Cuarta entrega de "Crítica, crítica y más crítica (Vol. 2)". Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y no representan necesariamente la posición del blog.

Ignacio esperaba el Bus en el paradero mientras miraba los inmensos ventanales del gran edificio que con su sombra bloqueaba los únicos rayos de sol que salían de ese cielo gris que lo acompaña todos los días en su trayecto al trabajo. Se sentía minúsculo al verse reflejado en ese inmenso cristal, un poco intimidado también. Quería sentarse, sus pobres piernas no soportaban más la espera y la edad no le favorecía, pero no había ninguna banca. Seguro no era el único con esa necesidad, había ciertas caras de fatiga a su alrededor, pero nadie se atrevía a subir esos largos, distantes e indiferentes escalones. Mira más allá te puedes sentar, tal vez en el suelo apoyando tu espalda en ese muro chato que separa al edificio de la cuidad, ya no importa si te ensucias un poco, igual se ve impecable todo, vacío y frio. No hizo nada y se quedó parado esperando. Por fin llegó el bus, pero claro, era hora punta y no entraba nadie más, ¡¿cómo se atreve a seguir llamando gente ese cobrador?! decía. Hoy no era su día de suerte, sentía que la ciudad lo odiaba, no había ni una miserable banca. Cómo era la ciudad, ¿no? Tanto edificio enorme, altísimos, tanto ministerio, biblioteca y estación de la cultura, edificios emblemáticos hechos supuestamente para representar a un país, sin embargo, él ahí, incómodo, sin pertenecer en lo absoluto. No estaba seguro de cual era cual, igual todos eran diferentes como compitiendo entre sí, disputándose el puesto al más “antisocial”. Bueno, al fin y al cabo, sólo estaría ahí mientras esperaba su bus, ¿Por qué tanto problema entonces? Justamente el problema era ese. Nuevamente, otra pregunta ¿Por qué el techo tan grande e inclinado? Tanto espacio y puro cemento hacían una barrera entre la cuidad y el edificio y él que sólo quería sentarse y de nuevo ninguna banca, como le dolían las rodillas. La gente caminaba con mucha prisa, acelerados y aplastados por ese desproporcionado muro de cristal y en la otra calle el gigantesco muro naranja con su recubrimiento deteriorado y la distancia del muro de piedra con sus baldosas monolíticas y fuera de escala parecen tener el mismo fin: hacer que sigas tu camino sin detenerte en lo absoluto, excluirte en vez de acogerte. Ignacio respiró profundo como armándose de valor, pero ¿para sentarse? Que ironía. Subió los eternos contra pasos mirando a los costados y se dejó caer cerrando los ojos hasta que una voz ¡señor! ¡señor! ¡No puede estar acá, Por favor! interrumpió su momento de paz y él que quería tanto sentarse, pero con razón era único ahí en el suelo. Cuando abrió los ojos, el vigilante estaba a su lado con la mano estirada en dirección al paradero. El interior seguro era mucho más acogedor, que desperdicio de espacio alrededor, pensó.

Roberto, se encuentra haciendo una visita guiada al Gran Teatro Nacional. Desde el foyer, se puede ver todo con claridad, una gran vista en esquina y el techo muy alto, toda la gente caminando de prisa en la estación de metro y la Javier Prado siempre llenísima de autos. El muro cortina parece un gran marco que encuadra como una imagen en movimiento la actividad constante de la calle. Sin embargo, hacia el otro frente sólo se ve un muro plano, altísimo y en penumbra. Un poco vacío para ser un edificio cultural ¿no? ¿A dónde voy? La sensación de desorientación se apodera de él y siente miedo, busca una señal para saber a dónde ir pero nada. También se pregunta ¿dónde está el teatro?, ¿por dónde se ingresa? No se imagina que más hay al fondo. Menos mal la guía está ahí para ayudarlo a entender lo inentendible. Ahora en la sala de conciertos, la sensación es totalmente diferente, por fin algo que te hace sentir cerca de la música. ¡Qué extraño! parecen todos espacios distintos como diseñados por dos arquitectos diferentes, por un lado, el teatro en forma de herradura y por el otro el resto del edificio. Rápidamente percibe que se trata prácticamente de dos proyectos diferentes, como si alguien hubiera diseñado el exterior y otro el interior del teatro, el problema es que al parecer los que diseñaron ambos proyectos nunca conversaron ni se pusieron de acuerdo; las diferencias y la percepción del espacio son sustanciales. Acá el espacio es más agradable, es muy silencioso y la madera que recubre toda la sala, cada butaca incluso hasta el escenario le da calidez al espacio, muchísimo más acogedor que el hall de ingreso o el aplastante techo y las infinitas escaleras por las que entró al edificio; la primera impresión no fue tan buena. Pareciese como si cada butaca tuviese la vista perfecta hacia el escenario, excepto si sigues caminando hacia los extremos de la herradura, la vista se va desviando, el pasillo se va haciendo más estrecho y no se siente nada cómodo. Pero todo se oye tan bien desde cualquier punto, la música por fin logra destacar en el espacio, deberían de incluirla también en el resto del edificio.

Ahora, Catalina se prepara para salir a escena. ¡Qué nervios! el tiempo pasa muy rápido, deberían de dar más tiempo de preparación dice. Aunque no parezca, ese momento es incluso mucho más aterrador que la puesta en escena. Los pasillos de cemento con las instalaciones colgando en el techo parecen fragmentos traídos de un laberinto, ojalá se pueda respirar más tranquilo en los camerinos, piensa. La poca cantidad de salas de ensayo, ballet y coro no abastecen a un teatro de tales dimensiones y tantos artistas, Catalina se siente sofocada pues a pesar de estar preparándose y requerir de su espacio para concentrarse siente que se lo han arrebatado. Nuevamente, el problema de diseñar un edificio por partes separadas y por arquitectos distintos, sin consenso alguno. Finalmente, llega a los camerinos, prácticamente igual de estrechos que los pasillos. ¡Los artistas merecemos algo mejor que un cuarto con lockers y un baño!, piensa; está más estresada de lo que debería y no falta nada para que salga a escena. La arquitectura ha fracasado para ella. Qué desorganización, no es agradable cenar en un gimnasio, huele extraño y se nota que no es una cafetería, no se distingue bien que espacios se puede acceder, es confuso incluso parece que es la zona de servicio.

El recital terminaba y con el también el día. Los espectadores se retiraban de prisa, nada los detenía a quedarse, parece que el teatro era como una cajita a cuerda, esas donde una muñeca baila en círculos y cuando se cierra la caja no se escucha nada. Acabada la obra, acabado el espacio. ¿Por qué no podía ser un lugar más inclusivo? Que los demás en el exterior noten que ha habido un espectáculo, tal vez eso les causa interés y más gente se quiere involucrar en eventos culturales, al fin y al cabo, muchos son gratuitos. La multitud quiere quedarse hablando, discutiendo sobre lo observado, pero donde pueden sentarse, este no era un edificio para quedarse, el foyer parecía solo de paso. Si no era el foyer ¿Qué pasó con el hall, o el espacio público del exterior? ¿Dónde está la cafetería? Igual el clima no es tan frío en Lima como para quedarse afuera un rato. 

A lo lejos se escucha decir a uno de los asistentes a la obra, ¡OYE, no te has dado cuenta, es un desperdicio de edificio, una oportunidad tirada al tacho!

(upload.wikimedia.org)

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