Mostrando las entradas con la etiqueta Estambul. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Estambul. Mostrar todas las entradas

jueves, 26 de julio de 2012

Glosario de arquitectura islámica (Barrucand & Bednorz)

Alcazaba: del árabe al-qasaba, fortaleza, ciudad fortificada, también sede administrativa.

Alcázar: del árabe, al-qasr, casa, palacio, recinto fortificado. La palabra árabe se deriva del latín castrum.

Alminares alrededor de la Mezquita Azul, Estambul.
Alminar: torre desde la cual se llama a oración. No están todavía definitivamente aclarados el origen, el desarrollo y la función de estas torres; se cree que proceden de las antiguas atalayas o torres de señales pre-islámicas (árabe: manâr, manâra: lugar con luz, o sea, faro).

Almuecín: del árabe mu'azzin, el que llama a la oración; encargado de convocar en voz alta a los creyentes para las cinco oraciones rituales del día.

Apis: pequeño cuarto semicircular, casi siempre abovedado, construido dentro o a continuación de un recinto principal al cual se encuentra subordinado; p. ej., remate en forma de nicho de la nave central de un recinto con varias naves.

Arco festoneado: arco lobulado vegetalizado, particularmente característico de la arquitectura almohade. Se desarrolló a partir del arco compuesto; se alternan los pasos anchos y angostos, adornando al pie de los pasos con volutas o terminales estrechas y sueltas.

Expolios: del latín spolia, partes de la construcción aprovechadas de nuevo, tomadas de antiguas edificaciones. A semejanza del arte cristiano primitivo, el arte islámico primitivo utilizaba de modo preferente expolios de la antigüedad clásica y tardía. Sin embargo, también en el arte hispano-islámico tardío se aprovecharon como expolios elementos islámicos antiguos.

Funduq: árabe; construcción que servía como hospedería, depósito y almacén, situado en la ciudad; del griego πανδοχεîον, hospedería. La palabra se utiliza sobre todo en el Maghreb y Andalucía, en el Oriente se unan más khân y caravasar.

Galería enana: arcada en serie con un espacio posterior que ahueca y da vida al muro, colocada en una parte elevada e incrustada en dicho muro. Se trata de una forma ornamental sin ninguna propiedad constructiva, que no obstante aligera la mampostería.

Hammâm: árabe; baño caliente islámico. Hasta la fecha es un elemento indispensable de la cultura islámica, que proviene de una herencia muy antigua.

Hsin: árabe; fortificación, fortaleza, también centro administrativo.

Hipocausto: calefacción por medio de hornillos y conductos en el subsuelo de las antiguas termas, que también se usó en los baños hispano-islámicos.

Iwân: árabe; habitación cuadrada casi siempre abovedada, uno de cuyos lados se abre en toa su extensión al patio o salón delantero. Este motivo arquitectónico fue trasladado de la arquitectura parta y sasanida a la oriental-islámica; no está ligado a determinadas funciones, de modo que se le encuentra en construcciones islámicas tanto religiosas como profanas.

Madrasa: "lugar donde uno estudia", derivado de la raíz árabe darasa, estudiar leer. Se trata de escuelas superiores públicas en las cuales en primera línea (aunque no exclusivamente) se enseñaba derecho islámico. Funcionaban sobre la base de donaciones piadosas, que aseguraban la manutención de profesores y estudiantes y le garantizaban al donante cierto control. A menudo se encontraban física y administrativamente en estrecha relación con la mezquita. A pesar de que a partir del siglo XI la institución de la madrasa se extendió por todo el mundo islámico, las distintas regiones desarrollaron sus propios tipos arquitectónicos para albergarla.

Maqsûra: lugar reservado al califa en la sala de oración de la mezquita del viernes en la cercanía del mihrâb.

Mihrâb, Mezquita Azul, Estambul.
Mâristân: hospital, del persa bîmâr, enfermo, y el sufijo istân, que designa el lugar. Los hospitales, mantenidos con donaciones piadosas, surgieron en el mundo islámico a fines del siglo VIII. El más antiguo mâristân conocido en el Maghreb fue fundado en Marrakesh por el almohade Ya'qûb al-Mansûr.

Mexuar: del árabe mashar, sala de conferencias. En el Maghreb la palabra mashuar también se usa para designar la amplia plaza frente a la entrada principal del complejo palaciego.

Mezquita: del árabe masjid, lugar en el cual uno se postra a rezar (tomado del español, mezquita ha pasado al francés, inglués y alemán). Construcción religiosa islámica en la cual los creyentes se reúnen para efectuar oraciones rituales. Se diferencian salas de oración (masjid) pequeñas y privadas o públicas. En la mezquita del viernes, también conocida como la mezquita mayor (masjid jâmi' o jâmi') se lleva a cabo la prédica y la oración colectiva del viernes por la tarde, el más importante culto divino de la semana, que de esa manera adquiere una función política.

Mihrâb: árabe; nicho de una sala de oración orientado hacia la Meca.

Minbar en la mezquita Pequeña Santa Sofía
(antes, Iglesia de San Sergio y San Baco),
Estambul.
Minbar: púlpito monumental de forma escalonada que se utiliza para la prédica del viernes en las mezquitas mayores.

Mozárabe: del árabe Must'aribûn; cristianos "arabizados" que vivían como dhimmîs entre los árabes dominantes. La palabra se usa sobre todo para las comunidades cristianas existentes en la España islámica.

Mudéjar: del árabe mudajjan, en el sentido de "domesticado"; el concepto se utiliza para designar a los musulmanes que permanecieron en España bajo dominación cristiana después de la Reconquista y que pagaban tributo a los señores cristianos.

Munya: árabe; quinta, mansión rural, villa.

Muqarnas: elemento decorativo semejante a un panal conformado a partir de muchos nichos y fragmentos de nichos, que apareció en el siglo XI en el mundo islámico y se extendió con rapidez. Se utiliza fundamentalmente para la cobertura de partes arquitectónicas encorvadas: en cúpulas y sobre todo en zonas intermedias entre la base y la cúpula, en nichos de mihrâb y coronaciones de portales y ventanas, en capiteles en lugar del cesto y en cornisas.

Muqarnas, Mezquita Nueva, Estambul.
Qaysâriyya: árabe; complejo de edificios públicos centrales en el centro comercial e industrial de la ciudad (árabe sûq o persa bâzâr) en el cual se encuentran reunidos tiendas, pequeñas bodegas y talleres, en los cuales se comercian mercancías de lujo. La qaysâriyya permanece cerrada por las noches y los días feriados.

Qibla: árabe, dirección de la oración; originalmente hacia Jerusalén, desde 624 hacia la Kaaba en la Meca. En las mezquitas el mihrâb señala la dirección de la Meca, que debe ser adoptada por los creyentes durante la oración.

Pared de la quibla: la pared que se encuentra en dirección a la Meca y frente a la cual se colocan los creyentes mientras oran.

Ribât: árabe, construcción fortificada, semejante a un convento, que se erigía a menudo en las regiones fronterizas del islam, para que sirviera como base para extender la Guerra Santa o proporcionar en los tiempos del recogimiento religioso un marco adecuado.

Sudatorium: latín, cuarto de vapor en las termas; copiado y desarrollado en el hammâm árabe.

Sûq: árabe, mercado. El concepto designa ante todo el centro comercial tradicional en la ciudad islámica-oriental; sin embargo, también se le usa para designar todos los otros lugares de comercio e industria, así como los mercados que cada cierto tiempo tienen lugar fuera de la ciudad.

Barrucand, M.; Bednorz, A. (2002) Arquitectura islámica. Köln: Taschen.

domingo, 7 de junio de 2009

Estambul (IV)

Lunes 25 de mayo, 2009.

Esa noche, por primera vez desde que salí de Roma, pude dormir tranquilamente, sin soñar nada relacionado a angustias presentes o ausentes, reales o imaginarias. En mi sueño estaba pescando, que debe ser algo muy común en el material onírico de los habitantes, o más bien, de los visitantes de Estambul. Al mismo tiempo que los minaretes, una de las primeras cosas que me sorprendió fue la gente pescando sobre los puentes en el Cuerno de Oro. Todo el tiempo hay alguien, muchos álguienes, todos hombres, apoyando cañas en la baranda y asomándose con mucha seriedad. Por lo que he visto en sus baldes, pescan peces pequeñitos, algunos parecidos a pejerreyes.

Había dejado a propósito para el final de mi estadía en Estambul el mercado de especias.

Fui con el tranvía al centro histórico nuevamente, de paso a comprar provisiones al mismo supermercado donde había comprado el sándwich de atún el día anterior. Uno de esos lugares que uno catectiza cuando anda de viaje y a los que vuelve, tratando de creerse que se tiene una rutina y, por lo tanto, sitios favoritos. Casi casi como si se poseyera un trocito de tiempo y lugar en una ciudad en la que uno es intensamente forastero.

Bajé caminando hasta el mercado de especias, que es como me había imaginado que sería el Gran Bazar: torres de delicias turcas ordenadas, con montoncitos de especias multicolores, se combinaban con tiendas de lámparas, platos y tazas de té. Es un lugar de escala mucho más manejable y creo que por eso resulta más agradable. Se disfruta mejor.


De casualidad di con uno de los mejores vendedores que he encontrado en mi vida - y en español - en una tienda de especias. Me invitó un té de manzana mientras me hacía oler los distintos tés y especias, y contaba chistes. Fue una divertido y el té de manzana no está nada mal.

Decidí que ésa sería mi última experiencia en Estambul. La verdad es que estaba tensa por el viaje en tren a Kayseri así es que debo confesar que pasé un buen rato en el Internet del hotel, tratando de descansar y prepararme para la "travesía".

Almorcé tarde en el McDonald's de Taksim, desde donde luego tomé un bus a la stasyon. Es horrible el tráfico, tanto a la ida como a la vuelta, para cruzar el puente. De todos modos había calculado mi tiempo con mucha holgura y llegué temprano.

Fue alucinante que justo antes de partir pudiera ver la famosa puesta de sol sobre los mineretes de Emonönü. Es tal y como me lo habían descrito. Sonriendo con confianza, subí al tren.



*Escrito en la sala de espera de la estación de Estambul, una hora antes de subir al tren*

¿Tengo miedo? Podría decirse que sí.

No es exactamente miedo, no se parece al nudo en la garganta que se siente ante un pensamiento horrible (como multas de tránsito sin pagar), tampoco es el terrible escalofrío en la espalda que he sentido cuando me han asaltado alguna vez. Tampoco es la angustia en la palma de las manos al no encontrar plata o un documento importante.

Éste es un miedo calmo, frío, racional y lleno de reproches. No hice bien mi tarea. Debía haber comprado la Lonely Planet de Turquía, tal vez, o ir a Kayseri en avión. Esto del tren podría salir mal. Aunque, por otro lado, ¿qué tan mal? Mejor ni pensarlo.

Pero ahora, parada en la cola de la ventanilla de tickets donde atiende la única dependienta que habla inglés , pensé que la próxima vez que me aventure en un país donde no se hable un idioma que yo entienda, tomaré un tour.

Por otro lado, si esto sale bien se sentirá tan bien.

Y seamos honestos, si no me gustara este tipo de emoción, esta incertidumbre, este miedo (con todo y sus reproches) me quedaría en casa y no haría estas cosas.

viernes, 5 de junio de 2009

Estambul (III)



Domingo 24 de mayo, 2009.

Después del cansancio total del día anterior, esta vez decidí tomarme las cosas con mucha calma. De hecho, salí del hotel cerca de las 10 y llegué a la zona histórica en tranvía.

Empecé por la Mezquita Azul
o Sultanahment Camii. Después de la Meca, éste es el segundo lugar de oración musulmana más grande del mundo. Había cuchumil turistas, pero no molestaban de la manera como se siente en Santa Sofía. Al ingreso, donde uno se saca los zapatos, había una serie de panfletos sobre el Islam que te pedían que cojas. Explican cosas de religión, del Qur'an (el Corán), de la vida de Mahoma. En la misma mezquita un cartel sugería visitar el "Muslim Information Center".

Fui con mucha curiosidad. Era una especie de oficina en uno de los laterales, dentro del espacio de la mezquita, y habían sofás bajos a todo lo largo de dos paredes, una frente a la otra. Más que sofás diré que eran cojines. En uno estaba sentado un hombre joven con una lap top, en el otro me senté yo. El tipo
, que resultó siendo un imam (equivalente musulmán del sacerdote) fue muy amable y paciente con mis preguntas.


Lo primero que quise saber es la razón de ser de la escalera que está siempre al lado derecho del mihrab. Me contó que durante la oración de los viernes, el imam da un sermón desde lo alto de esa escalera, para que lo vean mejor. Ahora que lo pienso, efectivamente el Islam tiene absolutamente otro concepto. Yo había pensado que esa escalera era para algún tipo de "bajada ceremonial" de algún funcionario importante.

En el Islam no hay funcionarios importantes, no hay Papas y no hay intermediarios entre el ser humano y Dios. No hay confesión y no hay bautismo.
Incluso Mahoma, me aclaró el imam, había sido un hombre común y corriente a quien Allah habló. Él transcribió las palabras de Dios en primera persona, tal y como se las dijeron. Mientras la Biblia relata hechos de otros, el Qur'an es Dios en persona, hablando.

Para el Islam Jesús fue otro profeta, como Abraham e Isa
ías. Todos hombres como cualquiera, a quien Dios habló. El último de de estos profetas sería Mahoma.

Luego le pregunté por la razón de la ve
stimenta de las mujeres, casi totalmente tapadas. Lo impecable de su explicación hasta ese momento se empezó a embarrar ante esta pregunta. Dijo que el objetivo era disminuir las distracciones en el momento de la oración. Se me ocurrieron mil argumentos para replicar, pero no estaba en ánimo belicoso, así es que seguí escuchando. Entonces se puso a hablar de adulterio, de la importancia de la familia como unidad. Dijo que, como Mahoma, los imam también pueden casarse y formar una familia.

"A Dios le gusta el orden."

Esa frase se me quedó tatuada en el
cerebro y es probablemente la mejor explicación de la arquitectura islámica, de la sucesión de cúpulas, de los intrincados patrones geométricos. A Dios le gusta el orden.

Salí de la mezquita con una maravillosa sensación de paz. Islam, después de todo, significa paz.

A pesar de los cuchumil turistas, mientras caminaba tranquilamente con Ayasofya delante y disfrutando de la nitidez de un día con sol, pensaba cómo el cielo, los árboles, los juegos de agua, te hacen sentir esa paz tan especial que, en realidad, nada tiene que ver con religiones si no, tal vez, con espiritualidad.
Me tocaba ahora ir a la basílica cisterna. El nombre es engañoso. Como las basílicas romanas, esta no tiene nada que ver con religión. Es... eso: una cisterna. Un espacio enorme, bajo tierra, con columnas con una sala hipóstila, capiteles de imposta que sospecho que vienen de expolios (o sea, de otros templos) y agua. Fue mandada a hacer por mi querido Justiniano en el siglo 6.


El espacio es absolutamente sorprendente, no tanto por las variaciones de altura, que o las hay, ni por los capiteles, sino por la sensación provocada por lo rítmico de la estructura, que parece duplicarse con el reflejo del agua, la falta de ornamento, el goteo, el eco, la humedad. Aunque no fue hecho pensando en personas caminando, es uno de los espacios más impresionantes en los que he estado. Claro que acá, en la cisterna, el m
érito es en gran parte de los restauradores que han sabido combinar un recorrido que no interrumpe el ritmo de la estructura, sino que la pone en evidencia, y una iluminación que parece alardear sobre el hecho que todo este espacio, en algún momento, estuvo lleno de agua.

Luego de la cisterna me puse a pasear por la zona turística. Comí un sándwich de atún y verduras en el portal de una tienda cerrada, disfrutando de la experiencia. Después de todo, ¿cuál es el punto de viajar con prisa?

Quise ir luego a la mezquita de Sulleyman y en el camino encontré una pequeñita de ladrillo, Kalenderhane Camii. Al entrar me di cuanta que ésta también había sido una igl
esia transformada. El mihrab no está alineado con el eje de la construcción, así como el diseño de la alfombra. Ambos están un poco girados. El sitio estaba vacío y nuevamente no pude dejar de sentir la paz y tranquilidad aún con la escasez de ornamento y color. Es un buen espacio.


El camino a Sulleyman Camii también tuvo sus encantos. En Estambul a penas uno se aleja de una cella de recorridos históricos, todo cambia. La atmósfera, los edificios, la gente... me hace pensar un poco en el centro de Lima y sus calles laterales.

La dichosa mezquita estaba en restauración, así es que sólo pude ver el exterior y el jardín. Y una mínima fracción del espacio interior, adecuada para la oración. Me llamó la atención la falta de turistas. Tal vez es de conocimiento público que esta mezquita está cerrada.

Alrededor había un cementerio, bastante más grande que el de la pequeña Ayasofya, con tumbas lujosas de diferentes tamaños. No tiene mucho en común con los cementerios occidentales, que parecen ciudades en miniatura. Acá las lápidas ocupan el terreno en un alegre desorden y como parece que no hubiera medidas estándar, el aparente caos es mayor.

Seguí caminando y esta vez por una avenida aún menos turística, comercial, tipo la Av. Brasil en Lima, con galerías y gente común disfrutando la tarde dominical. Me encanta que Estambul no duerma los domingos.

Llegué a una mezquita más, Şehzadebaşi Camii, que me dejó sin palabras por la blancura del patio de entrada y la columnata. Sin necesitdad de entrar o ver el mihrab había un claro tono "sagrado" en ese espacio.


Quedaba aún una mezquita extra, Fathi Camii, pero decidí no entrar. El exterior estaba lleno de gente de paseo dominical y me preocupó un poco el aire de "no turístico". Además, me estaba cansando.

De todos modos caminé bajo el acueducto y a lo largo de una paralela a Atatürk Blv. en dirección al puente. Era una calle casi completamente peatonal, con un agradable aire de barrio, negocios a ambos lados, casas de çay y mucha gente. Se vendían quesos, especias, carne... Sonreí ante lo vivo del lugar, ante el aire de cotidianidad o de pausa dominical, y por un instante me sentí parte de todo eso.

lunes, 1 de junio de 2009

Estambul (II)

Sábado 23 de mayo, 2009

Empecé el día temprano y fui caminando tranquilamente hasta el Palacio Topkapi. O, mejor dicho, caminé un rehuevo durante casi una hora hasta el Palacio Topkapi.

Cuando vi que la entrada costaba 20TL (10€) me dio un ataque de tacañería que felizmente pude remontar, porque hubiera sido el máximo de las estupideces no entrar.

Si supiera algo de la historia del Topkapi lo escribiría, pero no es el caso. Hace un tiempo que vengo pensando que entrar a un lugar sin saber de él tiene su gracia. Una puede concentrarse más en la experiencia y en las sensaciones que en andar revisando el fichero mental. Digamos que era el lugar desde donde el sultán manejaba los asuntos de su Imperio y donde, además, vivía con sus esposas.

El palacio, bastante enorme, ocupa uno de los mejores lugares del plantea Tierra: Eminönü. Desde la punta de esa península o, mejor dicho, desde el interior del Topkapi, se domina el Mar de Marmara, el ingreso al Bósforo y el Cuerno de Oro, así como las regiones de Beyoğlu (La Pera) y Üsküdar (el lado asiático). Nada escapaba a los ojos del sultán.

Es un enorme jardín amurallado en el que se posan edificios y pabelones de épocas y estilos muy distintos. Sin embargo, lejos de verse desordenado, el efecto es el de una historia que se estuviera narrando a través de la arquitectura. ¿Qué cosa tienen en común? El impecable manejo de interior-exterior, el uso de la luz en mil y una maneras distintas, el ornamento que cubre gran parte de las superficies, los colores. Estamos hablando de columnatas tipo loggia, aleros, terrazas, vitrales, vanos hexagonales en las cúpulas, azulejos, pinturas murales, madera tallada, caracteres árabes.

Dentro del palacio está el Harem; nueva querella con mi propia tacañería, pues entrar tiene un costo adicional. Sin embargo, ni bien entré en el primer recinto - el patio de las habitaciones de los eunucos - supe que había valido la pena.



Es una sucesión de patios, corredores, habitaciones y salones, todos decorados ya sea con mosaicos, vitrales, azulejos, cúpulas, luz o maravillosas combinaciones de todo ello. En donde nuestra cultura occidental nos hubiera obligado a colocar al escultura de una venus o un fresco de una escena campestre con todo y cesta de pic-nic, el refinamiento y la abstracción oriental colocan intrincados diseños geométricos como laberintos, juegos de luces y sombras, patrones vegetales. Y el efecto final es mucho más expresivo. Uno puede simplemente perderse al mirar un azulejo o los incomprensibles caracteres árabes.

Estuve vagando por el palacio un buen rato, dejándome sorprender con cada nuevo pabellón, aunque luego del Harem la impresión quedó un poquito diluida. El jardín en sí tiene terrazas estratégicas desde donde mirar el mar... parece mentira que ésto que acá llaman Bósforo o Cuerno de Oro sea en realidad el mismo mar que nosotros llamamos Pacífico.

Mi única desilusión en Estambul ha sido Santa Sofía (Ayasofya o Haghia Sophia). Tal vez nunca le presté la debida atención a las fotos, pero yo siempre había pensado que ésta sería una especie de versión justiniana de San Marco en Venezia, es decir, con un gran despliegue de mosaico. Tremendo chasco.

No sé qué fue más nocivo para la pobre Santa Sofía, que la convirtiera en mezquita, y que con ello eliminaran el arte figurativo existente casi del todo, o que la convirtieran luego en museo, con lo que destruyeron tu atmósfera. La sensación en su interior es un poquito como la que se tiene en San Pedro del Vaticano, ruidoso y lleno de turistas. En Santa Sofía ya no quedan rastros del lugar santo que una vez fue.


A todo esto súmense los trabajos de restauración que han requerido la colocación de un inmenso andamio que cubre casi la mitad del espacio central y la cúpula.

Pero no todo estuvo mal. El espacio en sí es espectacular, enorme, aunque un poco menos luminoso de lo que me esperaba y me encantó subir al triforio. En él, dos mosaicos y al salir, otro más. Eso es todo lo que queda de lo que deben haber sido imágenes bizantinas espectaculares.

A la salida fui caminando hacia el Gran Bazar. Almorcé un Simit, que estos días se volvería la base de mi pirámide alimenticia: es una rosca cubierta de ajonjolí, tan maciza que, eventualmente, uno se cansa de masticarla.

El Gran Bazar es... enorme. Probablemente uno de los mejores ejemplos de cómo en İstanbul conviven oriente y occidente. Hay puestos de lámparas de vidrio de colores, joyas, alfombras, polos 'Tonny Hilfiger', zapatos, zapatillas, casas de cambio... El merhaba se mezcla con el what can I do for you y la gente come Kebab y Cheeseburger.


Tenía un peregrinaje privado que hacer. Una mezquita conocida como la 'pequeña Ayasofya', de nombre cristiano San Sergio y San Baco (que eran los santos patrones del ejército del imperio Romano, cuando se hizo cristiano). Junto a su hermana mayor y a San Vitale en Ravenna, completa el trío de las iglesias construidas bajo la dirección de Justiniano.

Llegar desde el Gran Bazar fue un poco complicado, por decir lo menos. Anduve caminando por callejuelas en bajada jasta que llegué casi al mar, no por el lado del Cuerno de Oro, sino por el Marmara.

Nunca había visto una foto del estado actual de este edificio. De hecho, yo pensaba que estaba prácticamente en ruinas. En realidad está completamente restaurado y funciona - cómo no - como una mezquita. Antes de llegar hay un patio con una columnata alrededor con locales para tomar çay. La prueba de que este sitio está completamente fuera de la ruta turística es que cuando me asomé por ahí, todos los presentes dejaron congeladas sus partidas de Backgamon y, con las tazas de té a medio camino entre la mesa y la boca, se pusieron a mirarme como si fuera una extraterrestre.

Tuve mucha suerte porque llegué 15 minutos antes del cierre de la mezquita. De hecho pedí al cuidador que me diera 5 minutos más para subir al triforio (o como se llame en una mezquita), y muy amablemente me los dio, junto con una explicación de la que no entendí más que un par de palabras.


Al rededor de la estructura hay un cementerio musulmán. Al principio no entendí bien de qué se trataba, todo estaba escrito en caracteres árabes. Las lápidas, blancas, son elementos alargados que más que tumbas, parecen señalar puntos específicos, como hitos.

Estaba bastante cansada, había estado caminando desde las 8:15 y ya era pasadas las 3, pero tenía una misión: ir a la estación de tren a reservar mi puesto en el tren a Kayseri. La estación que queda en Asia. Subí al ferry y disfruté la cruzada del Bósforo apoyada frente a la corriente de aire de mar.

"Asia a un lado,
al otro Europa
y allá, a su frente,
Estambul."

Aunque en realidad mi ferry iba en la dirección opuesta a la del velero bergantín del pirata de Esponceda.

En Turquía no siempre es sencillo hacerse entender y mis primeros pasos por suelo asiático fueron un botón de muestra. Perdida como huevo en ceviche no tenía idea de qué hacer para llegar a la stasyon. Finalmente un mesero que balbuceaba inglés me sugirió ir en Taksi, que es casi tan barato y casi tan caótico como en Lima.

La estación es tal y como imaginé que podía ser: antigua, con trazas de lujo aquí y allá, y no muy grande. La mala noticia, el tren Estambul - Kayseri demora 18 horas. Cachetada mental para la ingenua que no hizo su tarea de geografía.

Debo admitir que ese trayecto me daba un poco de miedito. Por el momento sólo podía tomar algunas precauciones: llenar la mochila de víveres estilo Rosalba, cargar el iPod y comprar un libro. Si muero, pensé, al menos no será de aburrimiento.

Golpe de suerte al salir de la estación, nuevamente perdida - esta vez como Adán en el día de la madre - encontré de casualidad un bus que iba a Taksim... Taksim como quien dice al lado de mi hotel. Subí, pagué, dormité y crucé de Asia a Europa por tierra. Por un puente. Eso sí que es surreal.


Notas:
Info sobre el Palacio Topkapi: http://en.wikipedia.org/wiki/Topkap%C4%B1_Palace
Info sobre la pequeña Ayasofya: http://es.wikipedia.org/wiki/Iglesia_de_los_Santos_Sergio_y_Baco


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...