viernes, 16 de septiembre de 2022

¿Por qué se jubilan los críticos?

 De vez en cuando alguien hace la pregunta. 

¿Qué fue de Fulano Que Criticaba Arquitectura? ¿Por qué ya no publica nada? ¿Qué pasó con la página Tal? ¿Ya no la actualizan?

Y es así. Las páginas dedicadas a la crítica de arquitectura, ya sea a través de blogs, Facebook, IG o la plataforma de turno, tienen un ciclo vital. Empiezan con timidez, se van haciendo conocidas, llegan a un punto de frenesí de posts y luego, poco a poco, van muriendo.

¿Por qué?

Lo mejor sería preguntarle al Fulano en cuestión, pero creo que puedo soltar algunas hipótesis.

La razón más simple de identificar, cuando el crítico o la página desaparecen de improviso, es que fueron censurados. Poca gente querrá admitir la existencia de censura en un momento histórico en el que nos preciamos de libertad de expresión, pero lo cierto es que existe. Si no fuera así, ¿por qué muchos críticos escriben (¿escribimos?) bajo pseudónimos?

A veces la censura es directa. Una persona en una cierta posición de poder le pide al crítico, con o sin amabilidad, que deje de publicar lo que está publicando. Porque, si no deja de publicar... [inserte aquí una consecuencia funesta]. A veces es sutil. Alguna conversación aparentemente casual, la no consideración del Fulano para algún puesto o trabajo, la pérdida de auspiciadores, amigos, clientes.

Una siguiente razón es que los temas se agotan. Sobre ciertos aspectos de la arquitectura sólo se puede hablar hasta cierto punto sin caer en el riesgo de repetir y aburrir. Las ideas se vuelven masticados de sí mismas, los memes ya no dan tanta risa, y de pronto alguien dice "oye, eso ya lo publicaste el otro día".

Otra razón es la falta de tiempo. Muchos críticos que lo fueron de jóvenes, en la universidad o recién egresados, dejan de serlo cuando las cuentas, la familia, el trabajo, la vida misma ya no les dejan tiempo libre para prestarle a la crítica (y al contexto que la pide) la atención que requiere. Fulano regresa cansado del trabajo, sabe que tiene que poner dos cargas de lavadora y revisar la tarea del hijo, y al día siguiente despertarse temprano y volver a empezar. El tiempo libre, con un poco de suerte, le da para ver medio capítulo de serie de Netflix y ahí se acabó el día, la semana, el mes.

A veces el (ex) crítico se vuelve un poco tímido frente a las presiones y realidades del oficio que solía críticar. Lo que antes le parecía inconcebible se ha vuelto parte de su día a día. El "no puedo creer que los arquitectos hagan esto y aquello" desapareció, porque Fulano se ha vuelto el arquitecto que hace esto y aquello. ¿Con qué doble moral va a criticar ahora, sí ha se ha convertido en eso que alguna vez juró destruir?

Pero, finalmente, creo que la razón por la que el crítico se jubila, la más triste y dolorosa, es que se cansa. Más allá de unos cuantos likes y algún momento en el que su post se volvió viral, las cosas no cambiaron. Eso que criticó, y que produjo que la gente se indignara, sigue sucediendo. El archistar continúa impune, el proyecto sigue siendo mediocre, el premio sigue pareciendo vendido.

Y Fulano se cansó de predicar en el desierto. Mejor invertir las energías en otra cosa.

jueves, 28 de julio de 2022

¿Por qué debemos ceder el paso a las combis, siempre?

Andina
[Desde la ética moral, o una muy libre interpretación de la misma]

Hay muchas maneras de intentar hablar de ética, ordenar las ideas al respecto y, sobre todo, intentar demostar de qué manera los seres humanos podemos comportarnos mejor unos con otros. Todas estas maneras presentan errores, y ninguna, en sí misma es capaz de responder todos los dilemas éticos del universo. 

Pero eso no significa que debamos dejar de plantearnos estos dilemas, una y otra vez, e intentar responderlos de la mejor manera posible, aún sabiendo que puede que fallemos.

Entonces, ¿por qué debemos ceder el paso a las combis, siempre?

Desde una perspectiva kantiana, nuestros actos deberían guiarse por leyes universales, demostradas, que producirán el mayor bien. Por ejemplo "nunca debemos mentir" (eso es utópico, complicado, y haría de nosotros seres bastante odiosos, pero Kant no lo creía así). Si planteamos como ley universal "nunca debemos ceder el paso a nadie" el mundo se acabaría en aproximadamente 20 minutos. 5 si estamos en Lima. Lo contrario, "siempre deberíamos ceder el paso", puede que nos haga llegar tarde a algunos sitios hasta que nos acostumbremos pero, definitivamente, reduciría significativamente las muertes en carretera.

De todos modos, esto suena muy exagerado, muy dognático, y poco realizable.

Vamos a lo siguiente: Aristóteles diría que existen virtudes humanas que debemos ir cultivando en una justa medida. Ni mucho, ni poco. ¿Debemos ser generosos y ceder el paso a la combi? Sí. Pero llega un momento en el que nosotros también tenemos que pasar. Y el justo medio estaría en descubrir cuántas combis deberían pasar antes que nosotros.

Ahora, como las combis no son infinitas, eventualmente dejarán de venir, podremos pasar, y llegaremos todos a donde queremos llegar.

Pero para esta pregunta en cuestión, creo que es mejor pensar en términos utilitarios. Básicamente la idea del utilitarismo es lograr como resultado final de nuestras acciones la mayor felicidad, para la mayor cantidad de personas, lo más rápido posible, y por una mayor duración.

Si yo paso primero, en mi carro particular, en el que máximo estoy llevando a otras 4 personas, lograremos 5 seres felices. Si la combi pasa primero, con sus 12, 20 o 45 pasajeros, tendremos a muchas más personas felices.

Es, matemáticamente, mejor.

Sin contar con efectos secundarios imprevistos, como que el chofer de dicha combi podría sentirse gratamente sorprendido, ligeramente menos tenso, mínimamente menos vengativo contra una ciudad que no le es amigable, y eso podría hacer que maneje mejor, a su vez cierre a menos carros particulares e, incluso, evite atropellar a alguien 5 cuadras más adelante.

¿Por qué debemos ceder el paso a las combis, siempre? 

Porque nuestro pobre país requiere de personas más generosas, empáticas, éticas y correctas.

O, si te da flojera todo esto, por simple matemática.

¡Feliz 28 de julio!

martes, 24 de mayo de 2022

Advertidos estábamos


Fotografía de Roberto Lagos
Finalmente llegó el día de la inauguración del famoso by-pass del óvalo Monitor, en Surco.

Y el tráfico en esa zona ha estado peor que nunca.

Podríamos argumentar que la novelería nos ganó. Que todos quisimos ir a ver el puente. Que todos quisimos subirnos, que todos quisimos nuestro selfie. 

Pero seamos realistas, es martes, 8:00 am, casi todos los seres humanos que estamos fuera de nuestras casas a esa hora es porque estamos apurados yendo a algún lugar.

No fue novelería entonces. Todos los que estaban  por ahí, simplemente querían ir de un sitio a otro. De la manera menos traumática posible.

Entonces, ¿por qué hubo tanto tráfico?

¿No nos habían prometido que este by-pass daría fluidez al tránsito vehicular de la zona?

Pues sí, nos lo prometieron. Nos lo prometieron personas que o no sabían que lo que prometían era imposible o, y espero que no sea el caso, personas que sabían que ese by-pass no ofrecería soluciones reales, pero tenían otras prioridades.

Sólo una vez más, lo diré, como muchísimos otros arquitectos y urbanistas mucho más informados que yo lo han dicho antes: Un by-pass no es la solución para la congestión vehicular.

No lo es.

No lo fue hoy, no lo será mañana.

Es como tratar de curar la obesidad dándole a la persona en cuestión un pantalón más ancho. 

viernes, 4 de febrero de 2022

Debemos dejar de (enseñar a) construir

Hay una constante en gran parte de los proyectos que se desarrollan en los talleres de diseño.

Los estudiantes reciben un lugar, un terreno vacío (vacío en la realidad, o en la imaginación del taller). Y reciben, al mismo tiempo, el encargo de ocupar ese terreno. De construir en él. 

La ciudad imaginaria de la enseñanza de la arquitectura se puebla de obra nueva. Construcciones más o menos creativas, más o menos creables, presentadas en pliegos de papel, representadas en 3D y construidas con cartón.

Si fueran a hacerse realidad estaríamos hablando de miles de toneladas de materiales constructivos. Muy probablemente cemento. Tal vez ladrillo. En algunos casos puntuales madera o adobe. 

Al ser formados con estas premisas, naturalmente, los arquitectos entramos a nuestra vida laboral convencidos que esta es la ruta: debemos construir. Para eso nos formaron, y pocas cosas son más emocionantes en la vida de un joven profesional que recibir un primer proyecto. Que ver construidas, en carne y hueso (brick and mortar) ideas que algún momento fueron producidas por su imaginación.

Creo que estamos equivocados.

En favor a la construcción de obra nueva se podría argumentar el déficit de vivienda y de infraestructura. Según una publicación del Congreso en 2021, "Actualmente en el Perú existe un déficit habitacional de un millón 100 mil viviendas y más de mil 300 ciudades del país no cuentan con un plan de desarrollo urbano". La falta de adecuada infraestructura urbana, hospitalaria y educativa es, del mismo modo, evidente.

Sin embargo, el énfasis en la construcción de obra nueva nos impide ver dos realidades en simultáneo.

Por un lado, la existencia de edificios ya construidos que por razones legales, económicas o administrativas han quedado desocupados. Con intervenciones puntuales, estos cadáveres urbanos podrían tener una vida útil que, ciertamente, no solucionará el déficit, pero si contribuiría a disminuirlo.

Las intervenciones puntuales sobre lo ya construido, muchas veces de bajos recursos, han demostrado tener impacto positivo, tanto a escala barrial como al interior de los edificios. Significan ahorro. Inyectan vitalidad a zonas de la ciudad que dábamos por perdidos.

La segunda realidad tiene que ver con la crisis climática. Según un informe de Architecture 2030, la industria de la construcción es responsable del 28% de las emisiones de CO2 globales; la creación de nuevos materiales representa un 11% adicional. En pocas palabras, al hacer obra nueva, los arquitectos, ingenieros, y profesionales del sector construcción, somos responsables de casi 40% de las emisiones del CO2 mundiales. En palabras de Marina Tabassum "consumimos más cemento que comida, y esa es la realidad".

Con esas cifras, de poco sirve ser vegetariano y no usar cañitas de plástico.

Regresemos a la enseñanza de la arquitectura. 

¿Es ético enfocar la formación de futuros profesionales hacia acciones que tienen un impacto tan nocivo para nuestro planeta?

Por supuesto, no toda la formación en arquitectura se dirige a obra nueva. Son notables los ejemplos de adecuaciones a nuevos usos, y los proyectos de fin de carrera que permiten evaluar la creatividad de los estudiantes. Una de las lecciones que nos ha dejado la pandemia es que se puede desarrollar un taller de diseño sin necesidad de imprimir decenas de planos o de invertir dinero en cartón que, básicamente, será desechado luego de la entrega final.

¿Qué tipo de arquitecto formaríamos, qué tipo de arquitectura se produciría, si estos ejemplos fueran la norma y no la excepción?

viernes, 14 de enero de 2022

Nuestras inconexas ideas de ciudad

Como en muchas otras ocasiones, autoridades amenazan con destruir (o significativamente empeorar) un pedazo de ciudad.

En este caso se trata del proyecto de un viaducto elevado sobre la avenida Santa Rosa, en el Callao. Muchos han escrito textos elocuentes y certeros sobre los múltiples errores del proyecto. Sugiero revisar los hilos de Soñadores urbanos (@SonadoresCallao), aquí y aquí, el compilatorio de inversiones similares que resultan (resultarán) siendo fracasos de Lima como vamos (@limacomovamos), y la exposición de mejores futuros a cargo de @bryansaidem. Y me quedo corta.

Lo que siempre sorprende, sin embargo, no son las apasionadas defensas a lo absurdo, si no por un lado la tremenda indiferencia por parte de las personas que luego usarán o sufrirán el proyecto, y, por otro lado, las opiniones a favor. 

A mucha gente le gusta los bypass, los viaductos, las vías expresas y las avenidas de muchos carriles. Es fácil imaginarnos avanzar por ellas, a velocidad, en nuestros carros (así los tengamos o no), en una especie de disfrute de la ciudad. Es, de hecho, una fantasía tan atractiva, que se nos hace sencillo olvidarnos que, toques de queda a parte, sólo a las 3 am es posible ese tipo de desplazamientos.

Quien tiene la necesidad de atravesar la vía expresa de Javier Prado a "hora punta" sabe a que me refiero. 25 km/h es una velocidad muy optimista para una vía que es cualquier cosa menos expresa.

Lo mismo se puede decir de ciertos tramos de Paseo de la República, del bypass 28 de Julio del recientemente desaparecido Castañeda y, me atrevo a predecir, del futuro paso a desnivel del óvalo Monitor.

Lo sabemos. Lo hemos vivido. Entonces, ¿por qué seguimos pidiendo by passes y vías expresas?

Propongo una idea. Los pases a desnivel son precisamente, ideas, fragmentadas e inconexas, que en nuestra fantasía están ligadas al progreso, a la modernidad (como sinónimo de mejora), a la felicidad. Esta idea no es nuestra, no es original, y ni siquiera es contemporánea. 

A fines de la segunda guerra mundial, Estados Unidos inicio un proceso intenso de ocupación de las periferias de las ciudades: se crearon los suburbios, sobre terrenos que, al estar vacíos, permitían grandes lotes, avenidas de tres carriles y bermas centrales, centros comerciales y, sobre todo, la promesa de prosperidad (Diamond, 2020). Los boomers y sus padres abandonaron las ciudades con esta idea, y el paradigma de un garaje para dos carros, un amplio jardín y una parrillada los domingos trascendió las fronteras.

Hay mucho que decir sobre el fracaso de los suburbios. La idolatría al automóvil genera excesivo consumo de combustible; la gran distancia a las tiendas, compras al por mayor y desperdicio; la escala de las pistas, veredas por donde nadie camina; y un largo etcétera.

Sin embargo, las películas y las series nos siguen vendiendo esta idea. No como parte de un sistema organizado, compuesto de diversos elementos que, más o menos, funcionarían en conjunto. Son solo imágenes desconectadas. Ideas de un carro a velocidad, sin tráfico, y de una gran vivienda (propia), y de un jardín siempre verde. La esperanza de salir del trabajo, llegar a una casa (lo más rápido posible), en donde está la promesa de una vida mejor.

Ideas, al fin y al cabo.

Dentro de este conjunto de ideas, hay otras muchas ausentes: caminar por una alameda (como aquella que podría mejorarse en la Av. Santa Rosa), de transitar en bicicleta, tener un transporte público tan digo (lo suficientemente digno) que llegue a tiempo y con comidad; de tomarse las cosas con calma y no desear simplemente llegar, a toda velocidad, sino de tener un camino tan agradable que la ruta sea disfrutable.

No aspirar a tener uno o dos carros, sino luchar por un estado que, en vez de ofrecernos elefantes blancos sobrevalorados, se digne a darnos líneas de buses que no representen un riesgo a la vida de las personas.

La tarea es complicada y no sólo tiene que ver con la fiscalización a las autoridades. Tiene que ver con las ideas que consumimos, y la falta de alternativas. Tiene que ver con la poca oferta de imágenes que nos permitan soñar con una ciudad mejor. Y tal vez también tiene que ver con que las personas que poseen los conocimientos técnicos para explicarnos por qué estas ideas son erróneas, sólo son leídas por unos pocos. Sobre la construcción del bypass, todos los periódicos de la ciudad han escrito. Sobre por qué está mal, ninguno.

domingo, 4 de abril de 2021

¿Qué celebramos en Pascua?

Imaginemos la siguiente escena. Una caverna. Un gran fuego encendido en el centro: espacio social. Al exterior, el viento sopla, como no ha dejado de hacerlo por más de tres meses, levantando la nieve y el granizo sobre las personas que se aventuran a salir. Las raciones, cuidadosamente acumuladas durante el otoño, empiezan a escasear. Ya no hay variedad y casi no hay sabor en lo que queda. Es entonces que un explorador regresa y se sienta al lado del fuego. Deja a un lado la piel mojada que lo protegió y se frota las manos para calentarlas. El resto del grupo lo mira, expectante. El explorador disfruta generar un poco de tensión, y finalmente sonríe. Escarba en sus bolsillos y muestra un brote de hierba fresca. Un suspiro colectivo hace tambalear las llamas del fuego. Un invierno más que termina: el día volverá a ser más largo que la noche, el sol volverá a nacer y, con él, la vida. 

¿No es acaso razón de sobra para celebrar?

Celebraciones ligadas al equinoccio, o a la llegada de la primavera, pueden encontrarse en casi todas las civilizaciones de la antigüedad. Como señala una excelente nota de Heather McDougall (2010), dentro de las celebraciones de renacimiento o resurrección, documentadas a lo largo de la historia que suceden en esta época del año, podemos encontrar a Ishtar en Mesopotamia, Horus en Egipto, el mito de Perséfone y el de Dionisio y muchos otros. De hecho las palabra alemana Ostern, que significa Pascua, viene del nombre de la diosa pagana Ostara.

La Pascua Judía (Pesaj), como la gran fiesta que reconoce la liberación y y la libertad del pueblo Judío (18doors.org), rescata ese simbolismo. Los israelitas de algún modo vuelven a nacer en una nueva vida en libertad. 

En la tradición Cristiana, la última cena no es otra cosa que la celebración del Pesaj de Jesús y sus amigos. Pero la superposición de celebraciones tiene raíces profundas. Como cuenta Carole Cusack, durante los primeros dos siglos luego de la vida de Jesús, las festividades de la nueva iglesia Cristiana estaban ligadas a viejas tradiciones paganas (Travis, 2017). La primavera y el renacer de la vida funcionan como excelente símil de la resurrección. Cuando se establece la fiesta oficial de Pascua Cristiana en el concilio de Nicea (325 d.C.), se determina que ésta debe ser durante la primera luna llena luego del equinoccio de primavera. ¡Qué hermosa manera de regresar a nuestras raíces vitales!

Los huevos fueron símbolo de la vida siempre; probablemente desde las primeras celebraciones alrededor del fuego. Durante la Edad Media las personas los decoraban y regalaban a la familia y amigos para comer después de la Misa de Pascua, luego de los ayunos de Cuaresma (esto además es muy sensato, dado lo nutritivo que es un huevo). En la actualidad son parte de la mesa de Seder, en una tradición que parte de la apreciación de la primavera.

images.newscientist.com
Todo lleva a pensar que los seres humanos, a lo largo de nuestra rica historia, hemos querido celebrar la vida y, a través de ella, celebrarnos a nosotros mismos, nuestros sueños, nuestras esperanzas, nuestra fantasía y nuestra capacidad de superar nuestros problemas.

¿Y nosotros, ahora?

En el hemisferio sur inicia el otoño, pero nuestras herencias festivas han sido tomadas de nuestros hermanos del norte. Olvidada la siembra, la cosecha, el frío invierno y las angustias, todos nos unimos en celebración. 

En un contexto en el que la muerte parece acercarse, desconocida y amenazante pero tan real, es difícil encontrarnos con esta idea. Tal vez el gran consuelo es saber que, a lo largo de la historia, la vida se impone. Que los seres humanos hemos contado historias y nos hemos apoyado en éstas para ir construyendo nuestra propia identidad vital. Que somos una suma, y mucho más que eso. Que nos debemos al pasado, que no hace otra cosa que pensar en el futuro.

¡Feliz Pascua!
Jag Pesaj Sameaj!

viernes, 1 de mayo de 2020

La ciudad post-COVID: una fantasía compartida

Lo entiendo, estamos un poco aburridos.

Y angustiados. Bastante angustiados.

Y necesitados de un mundo mejor. Aunque sea imaginario.

Y si lo imaginamos en grupo, puede que sea más divertido. Como cuando un niño y sus amigos empiezan a construir un planeta en el espacio, con dinosaurios, dragones, Iron Man, mantas y carritos.

Necesitamos creer que estamos en control de la situación, o que lo estaremos cuando se dé esa esperada, mítica y dilatada fecha: cuando acabe la cuarentena.

Es así que muchos arquitectos se subieron a la combi post-COVID.

¿Cómo será el mundo post-COVID? ¿Cómo será la vivienda del mañana? ¿La ciudad? ¿La movilidad? ¿Las relaciones sociales?

Todas son preguntas importantes, loables, y, en muchos casos, la presión de la prensa nos fuerza a tratar de responderlas. 

Pero ya basta.

No estamos listos para responder las preguntas porque la única respuesta real, en un mundo completamente carente de certezas es "no lo sé".

O, me corrijo, las posibles hipótesis que apunten a respuestas reales podrían partir - como lo han hecho algunos artículos recientemente publicados - de una evaluación de nuestra historia y de lo que ya conocemos. Epidemias pasadas, propias y ajenas; errores de planificación o de ejecución; diseños de espacios en la historia; manías recurrentes de nuestra sociedad. 

Las posibles respuestas podrían estar en volver a recorrer los caminos que nos trajeron hasta aquí y tratar de encontrar los puntos débiles. Tal vez de observar, con atención científica (es decir, sin opiniones ni conclusiones apresuradas) lo que está sucediendo hoy. No mañana. Mañana no existe.

¿Pero qué tiene de malo imaginarnos un post-COVID? ¿Por qué no hacerlo? ¿No sería una adecuada preparación?

Si el imaginarlo nos calma las angustias, no no tiene nada de malo. Si nos prepara para posibles escenarios futuros, por supuesto, es necesario.

Lo que me preocupa es que son muy pocas las reflexiones de ese tipo. 

Asistimos a webinars, conversatorios via zoom, videos, textos, con arquitectos que, desde su sala, o mejor aún, desde su biblioteca, repiten frases trilladas, perogrulladas. Ganamos likes y 5 minutos de fama.

Pero el problema es que hay gente que se lo cree; que va a pensar que, desde la comodidad de mi hogar y a través de la libre asociación de ideas, estoy en grado de dar soluciones respetables a problemas tan complejos. Problemas que, además, vienen incubándose desde hace décadas, si no siglos. 

Es una actitud irresponsable, que socava los pocos logros de la investigación científica en arquitectura y otras disciplinas afines. En el marco del figuretismo, las verdaderas reflexiones que podrían conducirnos a posibles respuestas realistas, se pierden. 

Así como la sobre información nos empieza a anestesiar hasta la indiferencia frente a lo que verdaderamente debería llamarnos la atención, el exceso de opinólogos nos está saturando, y eventualmente puede suceder que las soluciones facilistas reemplacen la investigación futura.

Fuente: https://www.clipart.email/clipart/
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Conversemos y tratemos de calmarnos juntos. Démonos abrazos virtuales a través de una pantalla y juguemos a ser colonizadores de un nuevo planeta, con dinosaurios y dragones. Pero seamos conscientes de que no pasa de ser eso. Lo que ofrecemos no son verdades, sino una fantasía compartida.

Un juego.

jueves, 28 de noviembre de 2019

Postmoderno - Editorial Limaq 5

“El conocimiento, entonces, es una cuestión de competencia que va más allá de la simple determinación y aplicación del criterio de la verdad, y se extiende a la determinación y aplicación de criterios de eficiencia (calificación técnica), de justicia y/o de felicidad (sabiduría ética), de la belleza de un sonido o color (sensibilidad auditiva o visual), etc.” (Lyotard, 1979, pág. 18)
“Bueno... que es como un escenario, ¿sabes? Puedes imaginarlo todo. Los romanos ('em Romans), entrando con sus caballos, sacando sus espadas y teniendo esas peleas. Sucedió en un sitio como este, ¿sabes? Y aquí me lo puedo imaginar muy bien. Es la atmósfera de esos lugares viejos, con historia. Me gusta.” (Vecina del Warehouse District en New Orleans, sobre la Piazza d’Italia de C. Moore).

La condición postmoderna, que se presenta a sí misma como respuesta necesaria a las soluciones insuficientes de las premisas de la modernidad, nos ofrece nuevos retos y claves de lectura de un modo poco articulado. Al alejarse de la dualidad, del gran discurso y de la figura heroica, el mundo desde una lectura posmoderna es plural. Se trata de un espacio de diálogo y encuentro, pero también, de incertidumbre y relatividad.

En la arquitectura, desde la segunda mitad de los años 60s, Robert Venturi y Aldo Rossi propondrían dos posturas teóricas que enfrentaban directamente a muchos de los entonces considerados paradigmas de la arquitectura moderna. Ambos, insatisfechos con los diseños genéricos planteados por el International Style, proponen perspectivas muy distintas para rescatar la historia, el símbolo y, finalmente, la identidad, dentro de la disciplina. 

Los resultados de estas premisas desarrollados durante los siguientes 30 años fueron bastante dispares y, en la actualidad, son motivo de interés casi burlón. Construcciones como la Piazza d’Italia en New Orleans (Charles Moore, 1978), la Biblioteca Harold Washington en Chicago (Hammond, Beeby y Babka, 1991), la Biblioteca Pública de Denver (Michael Graves, 1995) o el Quartier Schützenstrasse en Berlin (Aldo Rossi, 1994-97) entre muchas, muchas otros, cuestionan premisas ampliamente asumidas y heredadas de la modernidad, con propuestas coloridas, irreverentes y ambiguas, pero que consiguen el guiño cómplice con el usuario cotidiano que tanta falta hizo durante la primera mitad del siglo XX.

A la gente le gusta los colores, la familiaridad, lo uno y lo otro, las narrativas y los clichés. “[…] es, posiblemente, del paisaje cotidiano, vulgar y desdeñado, de donde podemos extraer el orden complejo y contradictorio que es válido y vital para nuestra arquitectura como un todo urbano.” (Venturi, 1977 [1966], pág. 104).  Es quizás por esto, que la clave de lectura posmoderna es una alternativa válida para entender la complejidad de nuestros entornos urbanos contemporáneos.

Lejos del simbolismo de los primeros años, en la actualidad el hablar de posmodernidad o, incluso, el cuestionar la pertinencia de hacerlo, nos da herramientas provocativas de lectura y análisis. En 1971, Denise Scott-Brown señalaba que “la urgencia de la situación social, la crítica social a las renovaciones urbanas y al arquitecto como el sirviente de un fragmento limitado y rico de la población […] ha sido tan importante como los artistas Pop en conducirnos hacia la ciudad Americana y sus constructores. ¿Si los arquitectos de estilo renombrado no están produciendo lo que la gente quiere o necesita, quiénes lo están haciendo y qué podemos aprender de ellos?” (Scott-Brown, 1971).

Esta llamada de atención, dejada de lado durante el boom de proyectos de archistars en los años 90 y la primera década de este siglo, cobra nuevamente vigencia en la actualidad. A pesar de la insistencia con la que las premisas de la modernidad siguen repitiéndose en las aulas y en la práctica, la realidad nos confirma lo inadecuadas que son para enfrentar los problemas arquitectónicos y urbanos que nos rodean.

El pensamiento plural, a pesar de un ambigüedad y falta de premisas sobre lo que es correcto y lo que no, nos permite una clave de lectura para entender nuestros entornos. Frente al discurso permisivo y, aparentemente, superficial de muchas perspectivas posmodernas, proponemos aquí una lectura rigurosa, comprometida, con múltiples enfoques, que entienda el hecho arquitectónico y urbano desde la complejidad y la contradicción, y desde su relación subjetiva y afectiva con individuos y grupos.

Este quinto número de la revista Limaq propone una clave de lectura, teórica y práctica, alejada del gran discurso y de la verdad absoluta, con el objetivo de echar luces sobre nuestro quehacer profesional y sobre las situaciones arquitectónicas y urbanas en las que nos encontramos inmersos.

Desde enfoques que toman como base la teoría, Maria Elia Gutiérrez Mozo nos ofrece una revisión de las condiciones del habitar contemporáneas, en las que el usuario se aleja de la realidad y de las circunstancias que lo rodean. El arquitecto tiene la tarea de promover encuentros reales entre personas y arquitectura, que le hagan frente a la difícil ubicuidad de los medios. Mariana Pittaluga se acerca a la práctica del diseño desde la perspectiva de los discursos postmodernos. Considerando al diseño como un producto de la modernidad, su texto centra la transición de la disciplina desde sus orígenes a la actualidad, a través de los ojos de los teóricos.

Reflexionando sobre la ciudad, Marissa Consiglieri argumenta que el enfoque postmoderno es una necesidad, más que una elección teórica, de cara a los problemas contemporáneos de nuestra arquitectura y nuestras ciudades. Paola Bonavitta reflexiona sobre la presencia humana en las ciudades y su participación o falta de la misma, en una condición efímera y regida por las normas de consumo. Sus cuestionamientos abordan la idea de pertenencia y de apropiación a través de lo imaginario.

Jorge Balerdi une la teoría y la práctica en su reflexión sobre la arquitectura de espacios dedicados a la gastronomía y el potencial de ésta para comunicarse con los consumidores y ser acompañante de los productos ofrecidos. Los locales referidos se vuelven así un vehículo de identidad urbano local. Ferrán Grau y Nuria Casais unen reflexiones teóricas de las principales voces de la postmodernidad para decodificar los aspectos simbólicos de elementos arquitectónicos genéricos, con el fin de cuestionar la vigencia del término en la actualidad.

Con énfasis en casos de estudio, Gonzalo Ríos realiza una lectura de la arquitectura popular contemporánea en el Perú, con una perspectiva lingüística que busca entender la producción constructiva desde la estética; lo construido puede interpretarse así como un medio de comunicación. Israel Romero Álamo analiza la arquitectura reciente en la costa norte del Perú, y concluye que se trata de una combinación de criterios formalistas postmodernos, con lógicas económicas y sociales modernas. Con la obra de Juvenal Baracco como protagonista, Octavio Montestruque evalúa las teorías postmodernas difundidas en el Perú con los resultados reales en un proyecto emblemático.

Los trabajos de estudiantes incluidos en el dossier corresponden al área de Historia y Teoría de la Arquitectura. La investigación realizada por Nova Vera y Claudia Zapata es un análisis comparativo del rol de los niños en procesos participativos, para el análisis, el diseño y la evaluación de proyectos urbanos a diferentes escalas. Amanda Mejía y Geraldine Ortega buscan entender el grafitti desde una postura crítica, como gesto de apropiación pero también de propaganda y gentrificación, a partir del caso del Centro Histórico del Callao. Finalmente, Ariana Langschwager realiza un ensayo sobre la multiculturalidad en la arquitectura limeña y la necesidad de aceptación y tolerancia.

Los temas presentados son variados, como lo son los enfoques y los autores a cuyas teorías se recurre. Lejos de dar respuestas o de señalar caminos correctos, se nos ofrece diversidad y caos aparente. Esta, posiblemente, es la característica más compleja de la postmodernidad: enfrentarnos a una pluralidad de ideas cambiantes y forzar en nosotros la responsabilidad de investigar, de discernir y de tomar partido. El dogma puede ser cómodo, pero la duda es vital.


Referencias

Bauman, Z. (2017 [2009]). La posmodernidad y sus descontentos. Madrid: Akal.
Foster, H., Habermas, J., Frampton, K., Krauss, R., Crimp, D., Owens, C., y otros. (2008 [1985]). La Posmodernidad. Barcelona: Editorial Kairós.
Jencks, C. (1991 [1977]). Language of Postmodern Architecture. London: Rizzoli.
Lyotard, J.-F. (1984 [1979]). The Postmodern Condition: A Report on Knowledge. Minneapolis: University of Minnesota Press.
Rossi, A. (2015 [1966]). La arquitectura de la ciudad. Barcelona : Gustavo Gili.
Scott-Brown, D. (1971). Il "pop" insegna. Casabella, 359-360, 14-23.
Venturi, R. (1977 [1966]). Complexity and Contradiction in Architecture. New York: Museum of Modern Art.
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