jueves, 16 de abril de 2009

Palermo (I)

Me gusta escribir cuando viajo. Lo hago desde que puedo recordar. La escapada a Sicilia no ha sido la excepción. En lugar de recordar y escribir ahora una crónica inevitablemente distante, prefiero copiar lo que escribí esos días (convenientemente censurado, nunca se sabe...).

2009-04-10

Palermo, 06:25 am.

No creo que llegue a habituarme nunca a circular en carro por Roma. A recorrer, como quien no quiere la cosa y como parte del trayecto normal, rutas que pasan al lado de monumentos arqueológicos que muchos pagan cientos y hasta miles de euros por ver.

Eso pensaba el martes, cuando Sebastiano nos llevaba a la estación. Lo sorprendente de Roma, además, es que los monumentos no están concentrados en una zona, sino dispersos. Para “cortar camino” pasamos por Porta Portese, luego al lado del Aventino, luego a todo lo largo del Circo Massimo, el Colosseo, Santa Maria Maggiore. Todo esto en un recorrido casa-estación que podría ser cotidiano.

En casa estuvimos los chicos y yo toda la mañana con el aire inconfundible de vacaciones. Al llegar a la estación yo ya no podía contener mi emoción. Es una tontería, tal vez, pero es muy distinto salir de viaje sola (que tiene sus propias emociones y stress), que salir “en familia”, sobre todo cuando hay niños.

El primer tren fue súper bueno, cómodo, con paisajes lindos a ambos lados. El segundo ya no lo fue tanto, pillamos un regional que paraba en cada pueblo. Luego nos fuimos en traghetto hasta Messina, cruzando el canal, desde donde nos recogió el hermano de Rosalba y nos llevó en carro hasta Furci Siculo.

En ese momento no me di cuenta - eran pasadas las 11 de la noche y estaba verdaderamente cansada y un poco hambrienta - pero Furci es tan enano que hace que Geisenheim parezca una metrópolis. Un ejemplo: en la diminuta estación no hay máquinas expendedoras de tíquets, no hay la maquinita que te los convalida, la tabla amarilla de “Partenza” es tamaño A4 y sólo hay un riel. O sea, que los trenes de ida y de venida de Messina a Catania deben ponerse de acuerdo para pasar.

En Villa San Giovanni, antes de subirnos al traghetto, frente a unas escaleras mecánicas malogradas en un puerto sucio y con pinta de abandonado, Rosalba me advirtió que estábamos en el sur. A mí, en realidad, no me sorprendía mucho nada de lo que veía; pero sí hay diferencia. La gente en Sicilia es muchísimo más simpática, ruidosa y si no me concentro bien, no entiendo ni papas de lo que me están hablando. Las calles son menos sucias que en Roma, y en este caso, la mugre parece ser normal, no una intrusión como en Roma. En general, se respira un aire de informalidad concordada que me hace acordar a casa.

El miércoles fui de paseo con Ro y los chicos. Estuvimos en la playa un buen rato, hacía tanto calor que bien podríamos habernos puesto las ropas de baño y darnos un chapuzón. Yo me contenté con meter los pies al mar frío. En su momento no lo quise admitir, pero es cierto: en este trozo de mundo, el Mediterráneo es casi tan frío como el Pacífico frente a casa. Casi, casi se puede decir que este es mar de verdad, si no fuera porque las olas miden 20 cm…

Tomé mi primera granita de limón, invitada por Rosalba, en la “plaza mayor” (o más bien la única) de Furci. Tienen razón, la granita de limón es algo de otro mundo.

En la tarde, luego de un almuerzo delicioso y consistente, fui a Taormina con el tren, a ver las ruinas de un teatro griego. Lo malo es que no hice mayor averiguación previa. La estación de tren está a pocos metros del mar. Taormina está a muchísimos metros sobre un farallón, y lo que es peor, el teatro está aún más alto. Como yo no sabía nada y no me sentía en ánimos de preguntar, caminé al lado de la autostrada hasta llegar: casi una hora de subida.

El teatro, cuando finalmente lo alcancé, es espectacular. Llegué casi a la puesta de sol, así es que pude ver, atrás de la scena todo el panorama de mar, pueblos, el contorno de la isla, el Elba a la distancia y el sol, iluminando los ladrillos de manera oblicua. Valió la pena.

Jueves en la mañana, me desperté al alba para ir a Palermo. Desde que bajé del tren me di cuenta que, a diferencia de Torino, por ejemplo, ésta una ciudad regida por las lógicas universales: lo primero que vi al inicio del andén: un McDonald’s. En una ciudad así, todo puede ir bien. Con un guiño cómplice a Palermo y a su Mac, salí en busca de un mapa.

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