jueves, 11 de septiembre de 2008

El super yo, el yo, el ello, Rosalba y yo...

Mi casera (a quien quiero muchísimo y, si algún día lee esto, espero que no se lo tome a mal) vive poseída por lo que yo llamo "las bravas mujeres de las generaciones pasadas". Simplemente no puede ir a descansar si es que la cocina está desordenada, no se siente bien si la casa no está limpia o si la ropa no está tendida. Pero el problema es que sufre con eso, porque le gustaría que su super yo no la ataque tan seguido.

Se supone que este rollo de tener una "conciencia", super yo, o como quieran llamarlo, que se ocupe de que uno haga lo que tiene que hacer, no solo es bueno, sino también necesario. Uno tiene que levantarse todos los días a trabajar, pagar todos los impuestos, comer saludablemente, ocupar el tiempo de manera adecuada.

¿Pero qué pasa si nos rebelamos y nos relajamos un poco?

No mucho... lo suficiente como para poner en perspectiva algunas cosas importantes, pero no urgentes, que se quedan en el camino.

1 comentario:

  1. Los limites, la ley del Padre en el sentido freudiano del término, son, como dices, necesarias. El problema es la fantasmalización de esa conciencia, la interiorización sesgada (o desproporcionada) entre la pulsión y la norma. Dice Lacan "el deeo es deseo de otro: en este enunciado se esconde toda la ambiguedad y los dobles (o infinitos sentidos) que esconde la puilsión. Quizás hable de ello en mi próxima entrada de mi (abandonado, helas!) blog.

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