lunes, 30 de junio de 2014

Crítica I (M. Tafuri)

"Que la crítica de la arquitectura se encuentra hoy en una situación por lo menos "difícil" es un dato que, creemos, no precisa ser demostrado.

Criticar significa, en realidad, recoger la fragancia histórica de los fenómenos, someter a éstos a una rigurosa valoración crítica, descubrir sus mixtificaciones, valores, contradicciones y dialécticas internas y hacer estallar toda la carga de sus significados. Pero cuando mixtificaciones y destrucciones geniales, historicidad y antihistoricidad, intelectualismos exasperados y mitologías desarmantes se entrelazan de un modo tan indisoluble en la producción artísticas, como sucede en el período que estamos viviendo actualmente, el crítico se encuentra obligado a instaurar una relación extremadamente problemática con la praxis operativa, especialmente teniendo en cuenta la tradición cultural en que se mueve.

(www.taringa.net)
Cuando se combate una revolución cultural, en efecto, existe una estrecha convivencia entre crítica y operación.

Todas las armas del crítico que abrace la causa de la revolución se dirigen contra el viejo orden, excavan hasta el fondo las contradicciones y las hipocresías, construyendo un bagaje ideológico nuevo que puede también desembocar en una creación de mitos, dado que para toda revolución los mitos son las ideas - fuerzas necesarias e indispensables para forzar la situación. Pero cuando la revolución - y no hay duda de que las vanguardias artísticas del siglo XX han combatido por una revolución . ha alcanzado ya sus fines, falla el apoyo que antes encontraba la crítica en su compromiso total con la causa revolucionaria.

Para no renunciar a la tarea específica propia, la crítica deberá entonces empezar a retornar a la historia del movimiento innovador, descubriendo en él, esta vez, carencias, contradicciones, objetivos traicionados, errores, y, principalmente, deberá también demostrar su complejidad y su fragmentariedad. Los mitos generosos de la primera fase heroica, perdido su carácter de ideas-fuerza, se convierten ahora en objeto de crítica."

Tafuri, Manfredo (1972 [1970]) Teorías e historia de la arquitectura (Hacia una nueva concepción del espacio arquitectónico). Barcelona: Editorial Laia. pp 11-12.

lunes, 23 de junio de 2014

¿Una nueva generación?

A mis pokemones, con cariño.

El mayor cambio sucedido desde que terminé la carrera y empecé a enseñar en la misma facultad donde me formé, no fue tecnológico. A falta de mejor término, diré que fue social.

La facultad había pasado de ser una pequeña escuela orientada a un sector económico de clase media, media-alta a un proceso que la convertiría en la facultad con más estudiantes del país. Esto, para muchos, no es motivo de orgullo y, definitivamente, plantea situaciones cuestionables.

Hay, sin embargo, una enorme, maravillosa ventaja de esta nueva realidad. La arquitectura ha dejado de ser, hace ya bastante rato, una carrera de élite. Una élite, dicho sea de paso, mal entendida, relacionada con un capital cultural ligado a clases altas, críticos encasillados en un cierto círculo, referentes invariablemente del primer mundo, cultura entendida en términos sumamente limitados y limitantes. Una cultura que se impone de arriba hacia abajo, como si fuera la portadora de respuestas universales.

Los estudiantes, hasta hace algunos años, tenían como referente sus propias casas, diseñadas por arquitectos reconocidos; los lugares visitados en viajes a Europa o Estados Unidos; los libros de arte de las bibliotecas de sus padres.

Los estudiantes de ahora son un grupo, en primer lugar, mucho más plural. Al lado de la hija única que vive en San Isidro y cuyo padre es gerente de alguna gran empresa se sienta el menor de una familia de cinco hijos, que viene desde Ventanilla y desde chico se pasa las tardes ayudando a su papá en el negocio familiar. Los referentes de este segundo personaje son, probablemente, una casa autoconstruida, empezada por sus abuelos; paseos a parques o a visitar a la familia a provincia; graffiti, arte urbano y cumbia.

Y está muy bien.

En el maravilloso espectro entre un estudiante y otro, las facultades se han enriquecido con personas de distintas procedencias; cada una, una historia única. El conjunto empieza a ser, finalmente, representativo de lo que es el Perú: un conjunto de diversidad social y cultural. 


La nueva generación de arquitectos que ya está saliendo de las escuelas, finalmente, dejó de ser una élite que considera tener el derecho de decir a los demás cómo deben vivir. Esta nueva generación sabe, desde la cuna, que las respuestas son muchas y relativas, que no existen fórmulas, ni cinco puntos, ni honorarios fijos, ni normativa justa. Esta nueva generación sabe que debe ir al encuentro del cliente con actitud abierta y entiende que esa habitación adicional que sus papás construyeron en la azotea es importantísima.


Conozco personas espectaculares que están a punto de convertirse en arquitectos y arquitectas. Gente que no calza con lo que, cuando yo estaba en la facultad, era considerado un buen alumno. Son personas que cuestionan a sus profesores desde su propio frente de realidad, curiosos e inquisidores, y, sobre todo, solidarios y abiertos. 

Dentro de mi incurable optimismo, quiero creer que se vienen tiempos mejores para la arquitectura peruana. La nueva generación de arquitectos, que a veces callada, a veces a gritos, exige más de sus escuelas y es dura al juzgar lo que sucede a su alrededor, va a empezar a hacerse cargo de las ciudades. Si somos afortunados, seguirán firmes a sus ideales y no se dejarán corromper por el mercado y las modas y, tal vez, en ellos esté el entusiasmo y la terquedad necesaria para aterrizar nuevamente a la arquitectura y acercarla al ciudadano común. Para volver a ser una profesión de servicio.

viernes, 20 de junio de 2014

Así, no más

Artículo publicado en La Chimenea el 18 de junio de 2014.

"Pero lo cierto es que la ilusión de los centros comerciales —un poco como los parques de Disney— está muy bien fabricada y yo soy una víctima de ello. Espacios controlados, supuestamente seguros, donde no corro el riesgo de que un taxista me atropelle al ir de una tienda a otra, o de adelantar mi muerte respirando el smog de una combi. El que un centro comercial sea un espacio cómodo es una triste realidad.

También lo es el que suelen ser extremadamente nocivos para el entorno en el que están. Con contadas excepciones —y en este momento no se me ocurre ninguna— los alrededores de uno de estos malls suelen empeorar luego de su construcción. Hacia el interior son un mundo de color y alegría consumista; hacia el exterior, un gran paredón casi completamente hermético."

Seguir leyendo.

Imagen de Christopher Schreier
Residencial San Felipe y Centro Comercial Real Plaza Salaverry

viernes, 6 de junio de 2014

3 razones para (no) criticar arquitectura [Comentarios]

Comentarios al post del mismo titulo, publicados en Facebook durante el 02 de junio de 2014.

Enrique León Ferrand: Los que estamos en las "galeras" de la la "academia" remando para sacar adelante una mejor "cultura arquitectónica" quizá debemos vestirnos de "Momo y Proserpina" para mantener nuestras cabezas unidas a nuestros cuellos. También, y de tanto en tanto plantear una exposición de "arquitectos desconocidos", héroes silenciosos que no llegarán al "gran salón" , a la marquesina de la escena local. Quizá esa sea nuestra misión, demostrar lo bueno (voluntariamente ignorado) y lo malo que hiede desde el estómago de la "bestia" que solo procesa lo que le gusta y le es complaciente desde su entorno.

Marissa Consiglieri Nieri: Yo digo, hay que correr riesgos. Una de las cosas que más me llamó la atención, durante el tiempo que pasé en Lima, es la falta de crítica (auténtica) en arquitectura. Se critica urbanismo porque eso es criticar a la autoridad vigente; pero esos mamotrretos que se levantan aquí y allá sin sentido de contexto arquitectónico, sin respeto a los códigos de construccón, sin respeto a la propiedad pública, no se mencionan.

Carlos Cornejo: Si pues. No será mas bien la falta de pensamiento critico en la sociedad peruana?. O acaso la critica de cine o en la economía o en lo social o lo político lo es… o tiene algún nivel estable. Por qué la critica arquitectónica debería ser distinta del resto?. Si al final el critico cae en una suerte de vendedor de cebo de culebra o sanador de mil enfermedades… solo hay que leer los periódicos y revistas del medio para ver el retrato.

Lucho Calatayud: En este país somos muy políticos hasta para pasar crítica, y hay mucha divagación en temas centrales que deberian tocarse en una crítica, concuerdo con Marissa Consiglieri.

Israel Romero Alamo: Yo creo, Carlos, que sí hay pensamiento crítico en el Perú. Quizás no en todos como para hacer crítica, ni tampoco, en estos, la capacidad de hacerlo de la mejor manera. Si a esto le sumas lo que indica Cristina, que es prácticamente tener todo el mundo en contra, el panorama no es tan alentador. Pero sí hay; escondido, a cuentagotas y atado de pies y manos, pero ahí está.

C. C.: De acuerdo Israel, no pretendo generalizar. Pero, mientras la comunicación entre los que generan la critica sea casi inexistente ('a cuenta gotas') esto podría ser cada vez menor. El espacio académico lo protege y aísla con lo poco o nada que ofrece a los que participan de alguna Universidad (y me refiero a investigaciones o eventos).

Cristina Dreifuss: De acuerdo, Marissa, hay que correr riesgos. Creo también que es nuestra chamba como profes el enseñar a hacer crítica, que no es simplemente decir lo que a uno se le ocurre, como a uno se le ocurre. La crítica debe ser pensada, fundamentada, y debe apuntar a un enriquecimiento tanto del que la lea como de la profesión. No cualquiera sabe hacer eso. (Sin mencionar que hay que tener también la capacidad de escuchar al otro).

Celina Gleiser: Además, como comentó Cristina en su artículo, la crítica sirve de muy poco si sólo la leemos los arquitectos. Los premiados mencionados tenían acceso a los anhelados 'contextos distintos' además de ser supremamente accesibles en estilo.

C. D.: Parte del saber hacer crítica, entonces, es aprender a hablar el idioma de los demás (el escuchar, nuevamente). No nos sirve de mucho si se vuelve un texto erudito publicado en "nuestras" publicaciones. La crítica debería salir del closet y dirigirse al ciudadano, a todos.

M. C. N.: Definitivamente, el pensamiento crítico se queda en los corredores de las facultades de arquitectura y entre arquitectos. Es que "El Comercio" - que alguna vez tuvo una sección sobre arquitectura - no iba a publicar jamás crítica sobre un edificio o conjunto de edificios hechos por Graña y Montero, por ejemplo, porque ellos pagan publicidad. Pocos arquitectos se aventuran a hacer crítica por que no quieren antagonizar a un potencial cliente o empleador. Es cuestión de intereses, que le llaman:) y ahí nos hemos quedado, 'hablando' de arquitectura siempre con este espíritu adulador y lenguaje barroco que nos caracteriza. Una pena pero así es. Cristina, tiene razón hay despabilar a los muchachos desde la universidad, estimularlos y alentar, mejor exigir, pensamiento crítico fundamentado.

E. L. F.: ¿Se acuerdan de la anécdota sobre la crítica que hicieron Doblado y Queirolo sobre un proyecto de Graña - Cooper - Nicolini?; bastó una llamada telefónica de Cooper para expulsar a los primeros del suplemento del Comercio. Algunos, por su propia seguridad laboral tendrán que usar un alias y las redes sociales para poder hablar con libertad y lanzar un ladrillado de tanto en tanto.
Sobre el leguaje…tengo curiosidad cuantos no- arquitectos leerían crítica arquitectónica. Leerían sí, chismes del mundillo arquitectónico, de lo cual se podrían escribir volúmenes.
Soy un poco pesimista sobre el público fuera de la esfera de la profesión. Si no hay un valor de entretenimiento, por más que se simplifique el leguaje….creo que sólo leerían como advertencia sobre posibles malas inversiones inmobiliarias.

C. G.: Enrique, ¿quienes leian a Ada Louise? ¿a Goldberger? ¿a Jane Jacobs?
Si hay que hacerlo divertido en un comienzo, como gancho, puede ser. Creo que el hecho de que se atrevan/nos atrevamos a criticar bastará para el morbo.

E. L. F.: Cristina, creo que eran "otros tiempos", disculpa mi pesimismo, pero vivimos en una era que pierde la abstracción como un valor del pensamiento, todo es devorado por la imagen y la identificación que se tiene con esta, la inmediatez, por la capacidad de participar (como lo estamos haciendo).
Quizá sea el morbo…un: "No se lo cuentes a nadie" de nuestra escena arquitectónica local, pueda acercar el personaje al público. No es por nada que en toda reunión social en que se encuentran dos arquitectos, automáticamente cambian su conversación a arquitectura, alienando un poco a cualquier participante lego en la disciplina.

C. G.: El 'bottom line' sigue siendo que no tenemos el byline.

C. D.: Para antagonizar con Enrique, una dosis de optimismo: qué buenos están estos comentarios.
Yo creo que a la gente sí le interesaría leer, por ejemplo, qué hace que un edificio sea mejor que otro. Esto con miras al momento en el que quieren comprar su propio depa, por ejemplo. No es una crítica erudita, sino más bien pragmática. Empieza por mostrar a la gente qué es lo que debe ver, con el fin de convertir a esa misma gente en el público de críticas cada vez más sofisticadas.

Jose Acaro: Esta discusión demuestra los nuevos medios para el ejercicio de la opinión critica. Recuerdo que Montaner mencionaba algunos requisitos para el ejercicio natural de la critica en algun país, en algun lugar. Son tres, uno de orden politico, otro de orden metodologico y uno tercero mediatico. La democracia es el terreno fértil en términos políticos,en lo segundo una tradición de metodologia consistente que sea base en terminos intelectuales. La tercera razon es la mencionada comunicacion y difusion de la critica, esta se desenvuelve mejor cuando los canales de comunicacion permiten su existencia en las masas.

E. L. F.: De acuerdo con la crítica "pragmática", vamos a necesitar un asesor legal para comentar sobre las constructoras "malignas". Un buen caricaturista, algunos "topos", podría ser un buen comienzo.

lunes, 2 de junio de 2014

3 razones para (no) criticar arquitectura

Admiro a los críticos. A los críticos de verdad, que son muy pocos, y a los críticos de arquitectura, que son casi inexistentes.

W. Ludeña hablaba en un curso, precisamente de crítica arquitectónica, de las dificultades del medio que hacen que criticar arquitectura en el Perú sea casi imposible. 

Creo que son tres las razones que producen esta situación y, personalmente, son las que me hacen pensar no una o dos, sino mil veces antes de empezar a criticar. Estas tres razones oscilan entre lo objetivo y lo subjetivo (y nos convierten a muchos en grandes cobardes).

1. No existe un medio (o un público) para la buena crítica arquitectónica. No hay la posibilidad de una Ada Louise Huxtable, Paul Goldberger o Inga Saffron (tres ganadores del premio Pulitzer en crítica, en 1970, 1984 y 2014, respectivamente), básicamente porque no sé dónde podrían publicar, ni quién los leería. La verdadera crítica arquitectónica debe liberarse lo más posible de las presiones del medio. En la actualidad, el culto que rendimos al mal llamado "boom inmobiliario", y el hecho que los dueños de muchos medios de comunicación tengan participación en constructoras, hace que se reduzca el número de cosas a publicar a lo "económicamente correcto".

2. No nos gusta pelearnos abiertamente con la gente. Los arquitectos somos picones. Al menos en nuestro medio. No nos gusta que nos digan que lo que hemos hecho está mal... lo que posiblemente sea una secuela de nuestros días de estudiantes y críticas de taller. Los intentos de criticar un proyecto rara vez generan un diálogo. Lo que suele pasar es que el autor se pone a la defensiva y argumenta cosas como "el presupuesto no dio para más" o "el cliente era muy necio"; no defendemos nuestras posturas a través del diálogo, sino a través de la excusa, y esa excusa no se refiere a nuestro trabajo en sí, sino a condicionantes externas que, además, están presentes en toda obra de arquitectura.

La conclusión: luego del frustrado intento de diálogo, uno se ha ganado un enemigo de por vida... o al menos por un buen tiempo. Si la crítica se da tomando un café, puede que sea perdonada luego, con una suficiente cantidad de pisco sours; si se da en un medio escrito, las consecuencias pueden ser permanentes.

3. No queremos perder el trabajo. A pesar de los miles de arquitectos colegiados, nos seguimos moviendo al interior de un grupo reducido de personas, especialmente en la enseñanza. Dentro de este puñado de personas uno creería que la crítica sería más aceptada, pero lo cierto es que no es así. Es posiblemente peor. Decir ciertas cosas, atacar a instituciones, personas o eventos, puede convertirse en cavar la propia tumba profesional.

Luego de todo esto, la crítica desaparece y se convierte en una simple reseña, como las que leemos en la gran mayoría de publicaciones de arquitectura. Nos limitamos a describir el edificio, en el mejor de los casos; o a adular blandamente los aspectos positivos, en el peor. 


Envidio a quien vive de sus rentas, a quien busca amigos en otros contextos y a quien no se queda despierto en la madrugada pensando si lo que dijo fue demasiado o si encontrará que alguien reventó las llantas de su carro. 

¿Entonces? ¿La crítica de la arquitectura está condenada a ser una utopía inexistente? 

Creo que es precisamente por estas razones que tenemos que seguir haciendo crítica arquitectónica, hasta que el peso de ésta sea mayor que los miedos o majaderías de unos pocos. Tengo fe en los nuevos medios y en la gran cantidad de nuevos arquitectos. Mediante blogs, grupos en las redes sociales, foros y discusiones de pasillo, la crítica arquitectónica está empezando a coger cuerpo. Sólo espero que, una vez sumergidos en el mundo laboral, los nuevos críticos de la arquitectura peruana no caigan en la inercia del gremio y sigan queriendo dialogar: escuchar y ser escuchados.

lunes, 26 de mayo de 2014

Old school (o unas cuantas diferencias entre estudiar arquitectura hace 15 años y ahora)

En marzo se cumplieron 15 años desde que ingresé a estudiar arquitectura. Aunque algunos de mis contemporáneos lo quieran negar, hace 10 años que nos graduamos. Eso es toda una generación. Muchas cosas han cambiado, pero no ha sido sino hasta que me topé con este post que me di cuenta de hasta qué punto. Fue escrito cuando yo estaba estudiando, y hay dos cosas que me llamaron mucho la atención, porque casi las había olvidado: discos y rollo de fotos. 

Así es que, aunque me duela, he aquí 15 cosas que han cambiado durante estos 15 años.

1. USB. Una de las primeras veces que volví a la universidad luego de graduarme, le pedí a un profesor una cierta información y él, sin inmutarse, me dijo "dame tu USB y te grabo el archivo". ¿Mi qué? Poco tiempo después, cuando dicté mi primera clase teórica, me sorprendió que cuando terminó se formara una pequeña fila de alumnos al lado de la computadora. "¿Podemos grabar el PPT (ver punto 2) de la clase?" preguntó una alumna, mostrándome su USB. "Sí, claro" (¡Qué simple!). Si nosotros queríamos transportar información, usábamos diskettes de 3 1/2", con una capacidad de almacenamiento de 1.4 MB (ver punto 4). Y, por supuesto, no había manera de "grabar" una clase, a menos que uno quisiera filmarla.


2. PPT. El Power Point sí existía, pero muy pocos profesores lo usaban. Recuerdo algunas presentaciones muy básicas en alguna clase de matemáticas, pero eran la excepción. La gran mayoría de clases se dictaban en pizarra (¡que era de tiza y no de plumón!). ¿Cómo se trabajaba el tema de las imágenes? Con diapositivas, una especie en peligro de extinción. Los profesores tenían archivos con diapositivas de sus temas, y carretes en donde las ordenaban según la clase que se iba a dictar. ¿La máxima tragedia para un profesor? Que se cayera el carrete y se desordenaran las imágenes.


3. Proyectores y écran. No había. En su lugar, todos los salones tenían dos televisores de 20" (aprox.). Sólo el 30% de los asientos de los salones tenían una visibilidad decente hacia esos televisores. Finalmente resultaba que los PPT terminaban siendo una tortura, más que una ayuda.

4. Quemadoras de CD (y no hablemos de DVD y blu-ray). Uno de los grandes momentos evolutivos durante la carrera fue cuando el papá de un amigo viajó a no sé dónde y trajo una quemadora de CD. De pronto, el límite de 1.4 MB se había convertido en 700 MB. ¿Cómo hacíamos antes para transportar información? En primer lugar, la resolución de las imágenes era mucho menor de lo que es ahora, por lo que pesaban menos. Nada de imágenes de 3MB. En ese entonces, a las justas pesaban 200 kB. Además, existía el .zip, que era un sistema que no sólo comprimía los archivos, sino que permitía fraccionarlos en una serie de diskettes (ver punto 1). De ese modo, un archivo o presentación podía entrar "cómodamente" en 8, 12 o 15 diskettes. ¿El problema? Que 9 de cada 10 veces, uno de los malditos diskettes no abría, y toda la operación se arruinaba.

5. Internet con tarifa plana. Para cuando ingresé a la universidad, Internet llevaba algunos años funcionando. No todos tenían y los que sí, sufríamos con el hecho de que se cobraba por minuto, al costo de una llamada local. O, para ser más justa, nuestros padres sufrían con eso. Cualquier consulta o trabajo debía hacerse rápido, sin contar con que había que "separar turno" con los demás miembros de la familia para el uso de la única computadora de la casa (ver punto 9). Ni pensar en usar Internet para comunicarse más efectivamente. Para eso existían los teléfonos... fijos.

6. Correo electrónico con más de 250 MB de almacenamiento. La gran mayoría de nosotros tenía un hotmail, con poquísimo espacio, pero no era importante porque, de todos modos, el tamaño máximo de un attachment era para reírse. A nadie se le hubiera ocurrido mandar un trabajo por mail porque, simplemente, no entraba. (Cuando salió el Gmail, hacia el final de la carrera, todos queríamos que alguien nos invite).

7. Dropbox. Estos sistemas hasta el día de hoy me causan una cierta fascinación. ¿Puedo colgar un archivo de 300 MB? ¿Gratis?

8. Cámaras de fotos digitales. Un levantamiento estaba entre los trabajos más caros que podían mandarnos a hacer, básicamente porque implicaba tomar un montón de fotos... y revelarlas. Las cámaras de fotos usaban rollos de 12, 24 y 36 fotos; esto hacía que uno no sólo tuviera que acordarse de llevar pilas para la cámara, sino también suficientes rollos (2 o 3 de repuesto). Además, había que pensar muy bien antes de tomar una foto y a nadie se le hubiera ocurrido tomar varias para quedarnos con la que mejor salga. Una foto tenía que salir bien a la primera.

9. Laptop. Sí existían las laptops, por supuesto, pero ningún estudiante de arquitectura tenía una. Eran carísimas. Como gran cosa, hacia la mitad de la carrera, algunos pudimos ensamblarnos una computadora de segunda (tercera o cuarta mano), que tuviera suficiente RAM como para que renderizar un 3D no demore dos semanas sino sólo 48 horas. De ese modo, no había que compartir la computadora del resto de la familia (ver punto 5). Durante las horas de taller la gente tenía que trabajar a mano... o dedicarse a otras cosas. Más de una vez que tuvimos que hacer un trabajo en grupo, desarmé la computadora (CPU, pantalla, periféricos, cables), para poder llevarla a la casa donde lo estábamos haciendo.

10. Sketchup, Revit o cualquier programa que haga los cortes automáticamente. No existían. Punto. Existía el mito del Archicad, que pocos sabían usar y nadie podía plottear. Contrario a la creencia popular, sí existía el AutoCad, desde hacía bastante tiempo, y el 3D Studio Max. 

11. Plumones Chartpak o similares. No es que no existieran... es que nadie lo vendía en el Perú. Si alguien se los traía de algún otro lado, los cuidaba tanto que, generalmente, se terminaban secando por falta de uso.

12. Youtube, Facebook, Twitter. #NoSeHabíaInventado. Quiere decir que teníamos menos opciones de perder el tiempo en Internet, independientemente de la tarifa (ver punto 5), pero también mucho menos opciones de socializar y de enterarnos de las cosas. Hoy veo en mi Facebook anuncios de eventos, marchas, exposiciones, artículos. No hay excusa para no saber qué está pasando - quién ganó el último Pritzker, por ejemplo - en tiempo real. No sé si cuando yo estudiaba las cosas no sucedían o es que no nos enterábamos. Creo que un poco de ambas. Teníamos Messenger, que, cuando Internet tuvo tarifa plana, se volvió una herramienta buenísima para perder el tiempo. 

13. MP3. Ok, estos sí que existían (junto con dos maravillosos inventos: Napster y Audiogalaxy, que en paz descansen) pero aparecieron después de la primera mitad de la carrera. A un viaje que hicimos exactamente entre quinto y sexto ciclo, llevé un walk man con cassettes grabados en casa. Ya existían los disc man, pero eran malísimos. Durante las amanecidas generalmente escuchábamos radio. A las 6 am. empezaba "Caídos del catre" y esa era la señal inequívoca que se había acabado el tiempo y ya era hora de entregar.

14. Smartphones. Muchos de nosotros ni siquiera teníamos celular. El modelo por excelencia era el clásico Nokia (ese que no se rompe por nada del mundo), sin conexión a Internet, ni apps... ni siquiera pantalla a color. Era un teléfono que servía para llamar y hacer llamadas. Algunos años después, aparecieron los SMS. Para promocionarlos, la compañía telefónica los puso gratuitos por un mes, y creo que eso se parecía bastante a lo que hoy es el whatsapp. Luego, por supuesto, se empezó a cobrar. Para entretenernos, nuestra generación tenía al gusanito.

15. Pre-sustentación. Para cerrar, una gran diferencia no tecnológica. Cuando nosotros nos graduamos, sólo había una sustentación de tesis. El lado bueno es que los nervios se reducían a la mitad. El enrome problema es que a esa sustentación podía entrar quien quisiera (incluyendo a tus papás y a tu enamorado/a), o sea que si el jurado te hacía papilla y decidía que no te graduabas, lo hacía delante de todo el vecindario. La pre-sustentación ha dado una cierta privacidad a las vergüenzas académicas... y un poco más de tiempo para resolver la tesis.

domingo, 18 de mayo de 2014

La espacialidad de la vida humana (E. Soja)

"Tal vez ahora más que nunca, nos estamos volviendo conscientes de nosotros mismos como seres intrínsecamente espaciales, continuamente comprometidos en la actividad colectiva de producir espacios y lugares, territorios y regiones, ambientes y hábitats. Este proceso de producir espacialidad o "hacer geografías" empieza con el cuerpo, con la construcción y el actuar de uno mismo, el sujeto humano, como una entidad claramente espacial, involucrada en una relación compleja con lo que nos rodea. Por un lado, nuestras acciones y pensamientos dan forma al espacio alrededor nuestro. Pero al mismo tiempo, los espacios y lugares más grandes dentro de los que vivimos, producidos colectiva o socialmente, también dan forma a nuestras acciones y pensamientos en modos que recién estamos comenzando a entender. [...]

(www.dsdni.gov.uk)
Más aún, nuestro "actuar" como seres espaciales sucede en muchas escalas diferentes, a partir del cuerpo, o lo que la poetisa Adrienne Riche una vez llamó "la geografía más cercana", hasta una serie de geografías más distantes que van desde habitaciones y edificios, hogares y vecindarios, hasta ciudades y regiones, estados y naciones y, finalmente, toda la Tierra - la geografía humana más externa. A pesar de que la influencia sea menor con la distancia, a partir del cuerpo, en cuanto a cómo influenciamos individualmente y somos influenciados por estos espacios más grandes, cada uno de ellos debe ser reconocido como producto de la acción e intención humana colectiva y, por lo tanto, susceptibles de ser modificados o cambiados. Esto infunde actividad e intencionalidad a todas las escalas de espacialidad humana, pero también  tensiones y potenciales conflictos, apertura y libertad así como cerramiento y opresión, la presencia perpetua de desarrollos geohistóricos desiguales y, por lo tanto, política, ideología y lo que podría llamarse, tomando prestado el término de Michael Foucault, las intersecciones de espacio, conocimiento y poder."

Soja, E. (2000) Postmetropolis. Critical Studies of Cities and Regions. Oxford: Wiley. pp 6-7.

miércoles, 7 de mayo de 2014

¿Cambiar el mundo?

En uno de los cursos que llevé durante el primer año de la carrera, se nos planteó una serie de frases que describen la arquitectura. Ante la dificultad de encontrar una sola definición satisfactoria, el profesor del curso nos presentó varias, a modo de collage, entre las que se encontraban la clásica de Le Corbusier - "Es el juego sabio, correcto y magnífico de volúmenes bajo la luz" - y una de Mario Botta - "... regreso al vientre materno".

Como componente local, había una sola cita de un arquitecto peruano: Ciriani. 

[Entonces, él estaba viviendo en Francia a tiempo completo y casi no se hablaba de él en el medio local. Era como ese tío que toda familia tiene, que se fue al extranjero, le fue bien, y nunca más mandó una postal (o mail)].

"El arquitecto se levanta todos los días con ganas de cambiar el mundo."

Ahora que el tío exitoso ha vuelto, para ser casi inmediatamente colocado en el panteón de las leyendas vivas, esa frase, con algunas variantes, ha sido repetida ad infinitum en entrevistas, citas, exposiciones y conferencias. Como el personaje que la dice, la frase es un típico producto de la modernidad. Una suerte de grito de batalla, del tipo "menos es más", que busca motivar, que llena del mismo entusiasmo que yo sentía cuando escuchaba esas clases iniciales de primer año y, efectivamente, salía del salón con la sensación de que cambiaría el mundo.

No tiene nada de malo eso, si es que se queda en el universo de las frases motivadoras. Un lindo grito de guerra para colocar en un sitio visible sobre nuestro lugar de trabajo.

Sin embargo, como todos esos gritos de guerra, mal manejada esa frase puede volverse sumamente peligrosa. Porque, ¿qué significa exactamente "cambiar el mundo"?

Insatisfacción con el estado actual de las cosas, sí. Estamos muy lejos de que todo esté bien; el día a día nos coloca frente a situaciones de injusticia, de desigualdad, de exclusión que, efectivamente, hay que cambiar. El querer "cambiar el mundo" implica colocarse en una postura crítica con respecto a lo que éste nos presenta.

Espíritu de lucha, también. No se trata sólo de indignarse, sino de hacer algo para revertir las situaciones. Cargar el peso del mundo bajo nuestros hombros es ridículo, pero sí es cierto que cada persona puede hacer una diferencia - para mejor o para peor - en el pedacito de mundo en el que le toque estar. Los arquitectos, al ser constructores de espacios donde el ser humano habita, parecemos estar en una posición privilegiada para hacerlo. 

Pero es aquí donde la frase puede ponerse peligrosa. El ser arquitecto parece venir de la mano con un ego desmedido: creemos que lo sabemos todo, y lo que no, nos lo podemos inventar. Esto, acompañado del querer "salvar el mundo", es una receta para el desastre. Sólo parece haber una postura posible: todo lo que está mal debe cambiarse y yo, el arquitecto, sé cómo hacerlo.

El gran, enorme problema es el siguiente: ¿quién nos ha dado el derecho de hacerlo? ¿tenemos siquiera las herramientas para identificar objetivamente qué partes del mundo deben ser cambiadas? Habiendo sido formados en una disciplina tan rica en subjetividad, es muy posible que estemos entre los profesionales menos indicados para intentarlo. Porque si bien podemos llegar a un consenso sobre ciertas cosas que están definitivamente mal, en un tema tan delicado como el habitar de una persona o un grupo de ellas, ¿quién está acreditado para definir qué es lo correcto y qué cosa debe cambiarse?

El resultado de tomar este tipo de gritos de batalla al pie de la letra es un arquitecto que quiere cambiar el mundo según sus propios criterios funcionales, sociales, estéticos. Y si este individuo cree que tiene el derecho y los conocimientos para hacerlo, ¿quién le hará acordar que existen otros puntos de vista? ¿que hay mundos que no quieren ser cambiados? ¿que el componente subjetivo es difícilmente comprensible desde el exterior? ¿que algunas cosas que para él puedan estar mal, para los usuarios, los habitantes, no lo están? 

¿Quién nos va a salvar de profesionales que, en realidad, no quieren "cambiar el mundo", sino ajustar nuestro mundo a su propia idea de lo que el mundo debería ser?


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