miércoles, 8 de octubre de 2008

La décima razón para odiar a los romanos

La semana pasada tuve que hacer una tarea de francés; un ensayo en el que explicaba por qué no me caen los romanos como colectividad (insisto, hay algunas excepciones, romanos simpatiquísimos y divertidos, pero esos no vienen al caso en este momento). Logré juntar 9 razones, entre las que estaban el racismo, la basura en las calles y el pan. Pero me faltaba la última.

Hoy, saliendo de la oficina, la encontré: mi décima razón para odiar a los romanos... y hubiera preferido quedarme con 9 solamente.

Mucha gente cree que el transporte público romano es una mierda. Yo no, a mí me encanta. Es barato, limpio, cómodo, casi casi confiable, casi casi ordenado. La única excepción es la línea 791, que casualmente une todos los puntos importantes de mi vida: casa, universidad, chamba, vicios. Es una ruta importantísima en esta parte de la ciudad, pero el problema es que tiene muy pocas unidades, enormes (tipo los antiguos Icarus). Si el tiempo "oficial" de espera es 20 minutos, en la práctica el promedio son 40, y me ha ocurrido alguna que otra vez esperar en el paradero más de una hora.

Hoy me tenía que regresar de la chamba a las 9.20 pm, con un poco de frío y cansada. Y tenía que estar en casa antes de las 10, porque me tocaba turno de baby sitter. Es decir, que no estaba para esperar al maldito 791 por toda la eternidad. Por eso, cuando lo vi llegar a sólo 10 minutos de estar esperándolo, hasta solté un gritito de alegría (¡yay!).

Conmigo en el paradero había una pareja de chinos, que no sabían cómo hacer y quise ayudarlos, les pregunté hacia dónde iban, no me entendían, miraban el cartel... y mientras tanto el gigantesco bus se acercaba más y más y más... y en mi afán por ayudar a esta gente y que ellos no pierdan el bus, me olvidé de levantar la mano (NOTA: no sabía que eso es indispensable... he vivido todo un año en Roma pensando que, como en Alemania, los buses se paran en todos laos paraderos en los que ven gente. ¡Qué ilusa!)

Y el bus pasó delante... y pasaba y pasaba (es bien largo) ¡¡y no paraba!! Así es que hice lo que cualquier peruano que lleva un año viviendo en Roma haría por instinto: correr, gritar, hacer señas y dar un buen golpe a la parte trasera del bus, dejando a los pobres chinos abandonados.

El bus, efectivamente paró. Y sólo se abrió la puerta delantera. Inocente, yo, me acerco y me doy cuenta que el chofer, una cabeza más alto que yo, sale de su cabina hecho una furia... una furia, bueno fuera. No conozco palabra ni en castellano ni en italiano para describir el grado de "furibundez" del individuo en cuestión. Y se puso a gritarme, como no recuerdo que nadie me haya gritado nunca en mi vida, mientras uno que aparentemente era su amigo, me bloqueaba la entrada en manera tal que no podía subir al bus. Entre las cosas que me dijo el chofer - que no las entendí todas en parte porque estaba con el iPod y en parte porque como el italiano no es mi lengua materna, cuando quiero puedo desenchufarme y no retener nada - mencionó, a grito pelado, que estoy rematadamente loca, que tengo que evantar el brazo y que la próxima me lleva directamente a la policía. Luego de un tiempo, que a mí me pareció eterno, pero que no pudo haber sido más de un minuto, el tipo se metió a su cabina, el "cómplice" me dejó entrar y yo me senté, sin decir palabra y con la lágrima amenazando con salir.

Me pasé la mitad del trayecto pensando qué improperio le iba a gritar al bajar, pero luego se me ocurrió un plan B, que de tan divertido, me hizo reir casi en voz alta. ¿Qué pasaría si, dado que estaba con el lagrimón al caer, me acercaba a la cabina y me ponía a llorar a grito pelado, pidiéndole disculpas y agradeciéndole infinitamente su enorme amabilidad, diciéndole que era el ser humano más bueno de la tierra y que felizmente, él era sensible y podía entender la desesperación de una pobre niña abandonada en el paradero a las 9.20 de la noche?

No lo hice, creo que no soy tan buena actriz. Pero casi que me arrepiento de no haberlo hecho.

La segunda mitad del trayecto, calmada y sonriendo, me puse a pensar qué pasó. Primero, extranjeros en el paradero que no entienden nada de lo que está escrito porque hay que tener un poco de "cancha" para entender cómo funciona el transporte por acá. Segundo, mi voluntad de ayudarlos, que casi me cuesta perder el bus. Tercero, el acto reflejo, violento y angustiado ante la perspectiva de, efectivamente, perder el bus. Y finalmente, un conductor alterado (estresado, deprimido, molesto, angustiado, frustrado, qué se yo) que decide gritar, insultar y amenazar a una desconocida.

El que ayuda (o intenta ayudar), pierde.

Por eso odio a los romanos

3 comentarios:

  1. En la foto se ven DOS buses: la parte trasera al lado derecho de la foto corresponde a OTRO 791.

    Inexplicablemente, a veces viajan en pares...

    (O sea, hay que esperar el doble)

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  2. Roma, Italai en genral, vive sumida en una esperial de degración continua y constante. El problema principal, creo yo, es que lo que comentas se convierte en metáfora y proyección de algo más profundo y creo, sin vuelta atrás. Un abrazo

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  3. Exacto, Jose.
    Esto, que puede ser una anécdota, de las muchísimas que tengo, es en realidad un "botón de muestra". Más la regla que la excepción. Tristemente, actitudes así (la mía, la del chofer, la situación en general) se vuelven metáforas de una sociedad Romana sumida en la intolerancia, la frustración, la incomprensión... una sociedad tristemente desgastada.
    Un abrazo para ti.

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